El MoHMA o Museum of Historical Medical Artifacts

El MoHMA o Museum of Historical Medical Artifacts es un sitio web creado por  M. Donald Blaufox. Su intención inicial de hace décadas era la de reunir una colección de piezas escogidas, especialmente instrumentos, que pudiera servir de nucleo de un futuro museo de historia de la medicina.

Blaufox dice que, contrariamente a lo que sucede en Europa [habría mucho que hablar], ha comprobado que en los Estados Unidos no hay ningún interés al respecto, aunque hay un buen número de coleccionistas y vendedores de este tipo de material.

Después de encontrarse con estas dificultades pensó en publicar un catálogo detallado y razonado de los mil instrumentos que ha logrado reunir. Caro y poco práctico. Internet, en cambio, le ha dado una nueva vida al proyecto. Así ha creado un sitio en el que se muestran los objetos con muchas imágenes, se han establecido categorías, permite hacer búsquedas, etc. Barato, pero muchas horas de trabajo.

El sitio se estructura en las siguientes secciones: “Instrumentos”, “La medicina del siglo XIX”, el “Conservador”, “Bibliografía” y “Glosario”. Permite realizar búsquedas. Se complementa con una página de enlaces relacionados, un mapa del sitio y advertencias respecto a la copia de imágenes. Con buen criterio el autor suscribe una licencia Creative Commons con libertad para copiar, distribuir y comunicar públicamente con la condición de no alterar las obras, no hacer uso comercial y hacer referenciar (atribuir) a su creador.

La primera sección, Instrumentos, es la que contiene la parte más importante y significativa del sitio. Se establecen varias categorías que nos llevan a los materiales correspondientes que pueden verse en forma de presentación o de navegador. De cada pieza se proporcionan varios detalles aunque no llega a ser una ficha catalográfica exhaustiva. Nos encontramos con algunos instrumentos y objetos muy interesantes desde el punto de vista científico, espectaculares por su estética y excelentes por su conservación. Este fue el criterio de su creador al adquirir las piezas: por su significado para la historia de la medicina o por su belleza.

El resto de las secciones reúnen textos cortos, incluido el glosario. El apartado bibliográfico, en cambio, puede ser de gran utilidad.

En la sección “Conservador” se proporcionan detalles biográficos de su creador y curator, el Dr. Blaufox. Fundó el Departamento de Medicina nuclear en el Colegio Albert Einstein y el Centro Médico Montefiori. Su actividad científica se relaciona con la medicina nuclear, tema al que pertenecen la mayor parte de sus publicaciones científicas.

El sitio web muestra a quién esté interesado de cualquier parte del mundo en el tema de los instrumentos médicos una colección privada de piezas que de otra forma quedaría reducida a unas pocas personas. Esto se llama “entender bien el mensaje de Internet”. Sirve tanto para el curioso como para aquella persona que quiera identificar piezas, compararlas, para el historiador de la medicina y para los investigadores.

Por supuesto que la web es mejorable, pero se trata de una iniciativa digna de ser comentada. Según se dice en la misma, el trabajo no ha concluido y seguirá creciendo. En este sentido sería necesario poner en algún lugar la fecha de la última actualización.

Documental de PBS sobre Freeman y la lobotomía en los Estados Unidos

PBS es una empresa pública de comunicación, sin ánimo de lucro, de los Estados Unidos. En otras ocasiones, en este blog, nos hemos referido a ella por las películas-documentales The boy in the bubble y Partners of the Heart.

Ahora se trata de una nueva producción dentro de la serie American Experience: The Lobotomist. Está producida y dirigida por Barak Goodman y John Maggio. Como se lee en la introducción, esta técnica quirúrgica fue aclamada por el New York Times como “la cirugía del alma”. Lo que empezó siendo bien visto y como una buena opción para los enfermos y familias pobres, pronto empezó a tener resultados devastadores. Su creador, el neurólogo Walter Freeman, ascendió tan pronto a la fama como cayó de ella. La lobotomía pasó a considerarse como uno de los mayores errores de la medicina.

El documental, de aproximadamente una hora, trata de acercarnos a ese momento histórico a través de numerosos testimonios: pacientes de Freeman y sus familias, alumnos, historiadores de la medicina, etc.

Freeman (no confundir con Walter J. Freeman, 1927 -), nació en 1895 en Philadelphia y murió en 1972. Estudió en Yale y en la Pennsylvania Medical School. En 1936 leyó los trabajos del médico portugués y Premio Nobel Antonio Caetano De Egas Moniz (1874-1955). Éste descubrió el valor terapéutico de la leucotomía prefrontal en el tratamiento de ciertos tipos de psicosis. Freeman fue más allá y practicó más de tres mil quinientas lobotomías o leucotomías frontales. Afirmó que después de la intervención habían mejorado de sus síntomas un tercio de los enfermos.

En poco tiempo entró en una espiral de practicar lobotomías por todo el país casi de forma ambulatoria por el procedimiento por él ideado que se llamó “Ice-pick”. Pensó que era una intervención sencilla que cualquiera podía aprender en una tarde. Buscaba siempre a los fotógrafos y la prensa para que diera noticia de sus hazañas; según se dice, “Tenía una necesidad perversa de escandalizar a la gente”. El número de lobotomías que se practicaban en los Estados Unidos pasó de 150 en 1945 a 5.000 en 1949.

Como es habitual en el sitio web de PBS, hay abundante material complementario. Varios artículos en pdf sobre el tema así como la transcripción del contenido del documental. Puede verse en red, pero en España, al menos, no es así: aparece un cartel que indica que no es podible debido a los derechos. Se crea Internet para que no haya barreras y los derechos de autor se encargan de crearlas. De todas formas, éste y otros documentales se pueden adquirir, al menos los ciudadanos de Estados Unidos y Canadá. Si no es posible desde este sitio, sí lo es para otros países por el de Amazon. Lo ideal sería que estuviera subtitulado o doblado a varios idiomas, como es habitual en muchas películas en DVD.

En parte el documental está inspirado en el libro The Lobotomist: A Maverick Medical Genius and His Tragic Quest to Rid the World of Mental Illness (2007), de Jack El-Hai, publicado por Wiley.

Enlace: The Lobotomist (PBS)

Artículo divulgativo de E. Metchnikoff (1909) (Parte 2)

A continuación insertamos la segunda parte del artículo que Metchnikoff publicó en la revista de divulgación Por esos Mundos, en noviembre y diciembre de 1909 (números 178 y 179). Algunos de los asuntos que trata, por ejemplo del consumo de yogur y su relación con la longevidad, son muy interesantes.

Viene de la primera parte.

“YA dije en el número anterior de POR ESOS MUNDOS a mis bondadosos lectores que existe en el hombre y en casi todos los animales mamíferos un gran número de microbios intestinales cuya presencia en el organismo viviente es perjudicial a ese propio organismo. En efecto: no es de hoy, sino muy antiguo, el aserto de que los microbios instalados en los órganos digestivos del hombre son fuente de graves peligros. No faltó quien los creyera capaces de producir venenos, y por tanto de causar accidentes de intoxicación. En Medicina se hablaba corrientemente de autointoxicaciones del organismo, y estas eran atribuidas en gran parte a venenos segregados por los microbios intestinales. Por ejemplo, todos los síntomas de la constipación, esto es, el dolor de cabeza, las perturbaciones digestivas, las palpitaciones y los movimientos intermitentes del corazón, eran atribuidos alos venenos intestinales.

Siendo el tubo intestinal lugar de putrefacción, y estando considerada ésta desde muy antiguo como nociva a la salud, deducíase que esos microbios, de la putrefacción eran manantial de peligros para el, ser humano. Fue una opinión que se mantuvo indiscutida en Medicina hasta que se la diputó falta de fundamento. Hoy, esa teoría ha sido abandonada, planteándose otra en absoluto opuesta: según ella, la putrefacción intestinal no tiene nada de peligrosa, como lo demuestra entre otros hechos la predilección de ciertos pueblos, como los indochinos, los malayos, los polinesios y los groenlandeses, por el pescado y la carne podridos, lo que no les impide disfrutar de perfecta salud. Por otra parte, parecen robustecer la teoría ciertas observaciones de la ciencia bacteriológica, según las cuales la mayor parte de los casos atribuidos a intoxicación alimenticia se debe a la infección del bacilo tífico, animáculo incapaz de producir la más leve putrefacción.

A lo dicho debe añadirse que, en opinión de algunos bacteriólogos, los intestinos humanos apenas contienen microbios de putrefacción que, por consecuencia, las substancias albuminoideas contenidas en los alimentos, no se pudren en nuestros organismos: cuando más, sólo inician en ellos la putrefacción.

Naturalmente, todas esas cuestiones ha habido necesidad de despejarlas con auxilio de nuevos experimentos, demostrándose que los intestinos humanos son permanente campo de cultivo de tres especies, por lo menos, de microbios de putrefacción. Los más numerosos entre esos bacilos son los descritos por Welch y Nuttal, de Baltimore, siguiendo luego en numero el bacilo identificado por Klein, de Londres, y el bacilo de putrefacción propiamente así llamado, cuyo nombre científico es bacillus putrificus de Bienstock.

Los tres microbios referidos tienen la facultad de atacar las substancias albuminosas transformándolas en peptonas y en una serie de substancias que, a su vez sirven de alimento a otra infinidad de bacterias, entre las cuales la más conocida es el vulgar bacillus coli.

La flora intestinal humana contiene, por lo tanto, los principales microbios de putrefacción. Ocurre, sin embargo, según las nuevas teorías, que mientras dura el estado de vida esos microbios, aunque determinantes de putrefacción, no ejercen sobre el organismo su nociva influencia. Su acción no empieza hasta el momento de la muerte. Por eso, los primeros síntomas de descomposición cadavérica se presentan en los intestinos y en la piel y en los órganos abdominales.

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Pudiérase objetar que, puesto que la putrefacción no es causa de enfermedades, nada debemos temer de los microbios putrificus existentes en el tubo intestinal. Digamos a eso que la putrefacción engendra, no obstante, productos extraordinariamente peligrosos. Ya se ha comprobado desde muy antiguo que la ingestión de carne o sangre putrefacta ocasiona graves desórdenes en el organismo; que si se inyectan en un cuerpo sano, ya bajo la piel o ya en las cavidades, productos de putrefacción, puede sobrevenir rápidamente la muerte. Ahora bien: hase demostrado hasta la saciedad que esos productos ponzoñosos son obra de los microbios de la putrefacción, y en particular de las tres especies descubiertas en los intestinos humanos. La conclusión que de todo ello se infiere es inevitable: nuestro organismo alimenta a microbios que elaboran y segregan violentísimos venenos, sin que en el resto de la flora intestinal falten otros que fabriquen substancias patógenas, como por ejemplo el bacillus coli, que tanto ha venido preocupando a los hombres de ciencia desde su descubrimiento por Escherich en 1885.

Hásele atribuido a dicho bacilo la facultad de ocasionar, entre otras enfermedades, la apendicitis, innumerables trastornos intestinales, los cálculos biliares, la cistolis y ciertas dolencias del hígado. Luego, no faltó quien eximiese al bacillus coli de toda responsabilidad en las mencionadas dolencias, ni quien fuese aún más lejos declarándole una especie de preventivo contra la putrefacción intestinal. Sin ir más lejos, Bienstock comprobó que el bacillus coli merced a su fuerza productora de ácidos, impedía el desarrollo del bacillus putrificus, considerándose, por consiguiente, un poderoso antagonista de la putrefacción.

Esto se halla en verdad en desacuerdo con la realidad de las cosas, pues existen especies de microbios putrificantes que pueden soportar con entera impunidad el escaso grado de acidez de las secreciones del bacillus coli, y lo demuestra el hecho de que en todo estado de putrefacción conviven el microbio productor de la descomposición de las materias albuminosas y el bacillus coli. Este es, por tanto, incapaz de detener el proceso de la descomposición.

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En presencia de semejantes hechos, resulta de extraordinaria importancia el hallazgo de un medio de combatir la putrefacción intestinal, incontestable origen de daños, pues es necesario declarar de una vez que esa putrefacción, no sólo es capaz de producir enfermedades del tubo digestivo, como la enteritis y la enterocolitis, sino ser foco de intoxicación del organismo en sus más variadas manifestaciones.

Hace algunos años, propuse combatir la putrefacción intestinal y sus dañosas consecuencias por medio de los fermentos lácticos. Pensaba yo, al aconsejar el empleó de los fermentos, que, de esa suerte, la acidez producida por los microbios en cuestión tendría más eficacia para impedir la germinación de los microbios putrificantes que la pequeña cantidad de ácidos destilados por el bacillus coli. No se me ocultaban, por otra parte, las dificultades en que habría de tropezar cualquiera tentativa para introducir microbios lácticos en la flora intestinal ya ocupada con antelación por otra muchedumbre de microbios. Sin embargo, hice la prueba eligiendo el microbio láctico, productor el más poderoso de ácidos, y que se encuentra con abundancia en el yahurt o leche agria, preparado en Bulgaria. También he hallado el microbio láctico en el leben de Egipto, y en general en todas las preparaciones de leche agria de la Península Balkánica y de la región rusa del Don.

Como quiera que el efecto antipútrido de los microbios lácticos sólo puede conseguirse a cambio de una absorción, prolongada diariamente y a través de muchas semanas y aún meses, me ha parecido necesario emplearlos solo en cultivos puros. El yahurt como el kéfir, el kumis, y, en general, todas las variedades de leche agria explotadas por el comercio, no me han ofrecido las garantías indispensables, en cuanto contienen también microbios no lácticos, algunos de los cuales son perjudiciales para el organismo. De ahí que haya preferido los cultivos de microbios lácticos preparados con leche esterilizada o simplemente cocida, o con caldos vegetales azucarados. Tales cultivos deben ser tomados en forma de leche cuajada o de infusión azucarada, porque así se conservan mejor los fermentos lácticos. Con todo, hoy se procura reemplazar esa forma de administrarlos por la de pastillas o sellos, desecando antes los cultivos, y también por la de cierto residuo muy rico en bacilos búlgaros.

Hoy, y al cabo de varios años de experimentación, los fermentos lácticos han adquirido carta de naturaleza en la terapéutica. Entre los muchos éxitos obtenidos por ellos citaremos unos cuantos.

El doctor Klotz, de Magdeburgo, famoso especialista en dolencias infantiles, venía ensayando sin resultado cuantos remedios proponía la Ciencia para la curación de las enfermedades intestinales en los recién nacidos. Noticioso de mi hallazgo, empezó a dar a los enfermitos leche cuajada y preparada con bacilos de yáhurt (lactobacilina). Los resultados no se hicieron esperan niños de pecho, o alimentados a régimen mixto, que venían padeciendo perturbaciones gastrointestinales durante muchos meses, reaccionaron y curaron en brevísimo tiempo, sometidos al nuevo tratamiento. Análogas observaciones hicieron diversos médicos alemanes, ingleses y franceses.

Y no solo se han mostrado beneficiosos los fermentos lácticos con relación á los niños. También produjeron, y siguen produciendo, inmejorables resultados en los adultos. No hace mucho, publicó en una revista profesional el doctor Wegele, especialista en enfermedades del estómago, de Königsborn (Westfalia), las observaciones hechas en una veintena de pacientes. Evidencian dichas observaciones que en los catarros crónicos del estómago, con disminución de los jugos digestivos, el yahurt búlgaro, no solo actúa como verdadero alimento, ya que los microbios lácticos preparan la digestión de las materias albuminosas, sino que hace las veces del ácido clorhídrico gástrico. La carencia o la escasez de dicho ácido impide la acción desinfectante, que ejerce el ácido láctico de un modo eficacísimo; y esto es de suma importancia, ya que en el tubo intestinal se desarrollan frecuentes fenómenos de putrefacción. El mencionado doctor Wegele logró curar completamente un caso de disentería tropical y otros varios de descomposición anormal de las materias albuminoideas contenidas en los alimentos.

El doctor Grekoff, en San Petersburgo, sometió a numerosos enfermos de la Clínica de su compañero Sirotinine al tratamiento de los fermentos lácticos: de dieciséis casos, once experimentaron notable mejoría en sus dolencias (casi todos ellos padecían disentería crónica o aguda, como resultado de infecciones intestinales), advirtiéndose ya la mejoría a las cuarenta y ocho horas de tratamiento. Del décimo al duodécimo día, los progresos eran tan evidentes que algunos de los enfermos fueron dados de alta o autorizados para volver a su régimen ordinario de alimentación.

En ninguno de los pacientes tratados por Grekoff pudo definirse con claridad la naturaleza de los microbios determinantes de las perturbaciones intestinales. Por fortuna, en uno de los casos logró aislarse con éxito el agente infeccioso. Se trataba de una mujer de treinta y dos años, enferma de enteritis crónica en el hospital general de Viena. La dolencia se presentaba refractaria a todo tratamiento desde hacía trece años, y había determinado en la paciente un gran estado de demacración. Luego de experimentar en ella, sin resultado alguno, el doctor Bondi innumerables remedios y cambios de régimen, comenzó a suministrarle la preparación de yahurt, cada dos días, sin permitir a la enferma otro alimento. Cesó al punto la diarrea y empezó a aumentar el peso de la paciente. Poco después, se daba de alta a la enferma, completamente curada.

Lo interesante del caso no es esto, sin embargo, sino el haber sido descubierto el microbio predominante en las deyecciones de la enferma. Era el bacilo conocido por la Ciencia con el nombre de bacillus paratyphicus A, muy parecido, por cierto, al que ocasiona la febre tifoidea.

Ahora bien: como quiera que el tratamiento por el yahurt o fermentos lácticos había determinado la paulatina desaparición del bacillus paratyphicus A, en las deyecciones, hasta su total desaparición, y teniendo en cuenta que dicho bacilo volvió a aparecer a los seis meses de dada de alta la enferma y suspendido el tratamiento, no cabe dudar de que no solo pueden los microbios lácticos impedir la germinación de los bacilos de la putrefacción, sino que también son capaces de imposibilitar la vida del bacillus paratyphicus A causante de graves dolencias del tubo intestinal.

Otra ventaja del microbio láctico es que puede ser empleado como preservativo. Nos explicaremos. Hoy es ya un hecho comprobado que existen ciertas personas saludables y robustas que poseen la triste propiedad de llevar con ellas un buen repuesto de bacilos a distribuir generosamente allí donde ponen la planta. Yo puedo dar fe de algunos individuos de esa clase, que, sin sentir ellos la más pequeña molestia, o sólo indisposiciones insignificantes, llevaban en sus intestinos más que mediano surtido de bacilos del cólera, del tifus y de meningitis cerebro-espinal. Esas cajas de Pandora vivientes, al eliminar en sus deyecciones buena cantidad de bacilos, constituían un serio peligro de contagio. Pues como los individuos en cuestión, hay muchos que andan por esos mundos, inobservados, contribuyendo a la propagación de las enfermedades infecciosas. De ahí que se haya pensado en la conveniencia de aislar a todo «conductor de bacilos» averiguado, al menos mientras esté eliminando microbios infecciosos. Pero dicho está que el propósito es irrealizable en la práctica, pues hay personas que continúan eliminando bacilos durante años y más años.

Con objeto de sofocar tan importante origen de contagio decidió no ha mucho el doctor Liefmann, de Berlín, administrar los fermentos lácticos a dos «conductores de bacilos tíficos». El yahurt se preparó con leche desnatada y bacilos lácticos procedentes de una compañía francesa. La cantidad propinada a los «conductores» era de trescientos a seiscientos gramos diarios. Aunque el producto tenía un fuerte sabor ácido, era tomado sin repugnancia por los dos individuos de referencia, cuyas deyecciones, al cabo de algunos meses, llegaron a estar completamente desprovistas de peligrosos bacilos. El experimento no podía, pues, ser más concluyente.

Tenemos, por tanto, que el microbio láctico es tan enemigo mortal del bacilo paratífico como del puramente tífico, y aún del bacilo coli, perteneciente al mismo grupo de los anteriores según han comprobado hace poco los doctores Wejnert y Von Kern, quienes observaron una notable disminución del bacilo coli en el tubo digestivo de individuos sometidos al tratamiento de los fermentos lácticos. Como ya he dicho antes, el bacilo coli, habitante usual del tubo digestivo, es en extremo perjudicial al organismo porque muchos de los venenos por él segregados son terriblemente peligrosos, entre ellos los fenoles, substancias que yo considero como uno de los principales agentes de la vejez prematura. Ahora añadiré que las investigaciones del doctor Belonowsky han demostrado que el microbio del yahurt bacilo del fermento láctico, si no logra impedir el desarrollo del bacilo coli, por lo menos (y ya es algo) se opone a la producción de fenoles.

Y he aquí cómo nos vemos precisados a abordar la tan debatida cuestión de la longevidad, con motivo de los fermentos lácticos. Contra lo que muchos periodistas me han atribuido, declaro no haber dicho jamás en ninguno de mis escritos que la leche cuajada sea el específico para prolongar la vida. Lo que he afirmado, y sostengo, es lo siguiente: que en la vejez prematura desempeñan parte muy principal los microbios intestinales, razón por la cual ha de procurarse modificar la flora intestinal y disminuir la putrefacción de esos lugares.

Para comprender cuan fundamentada está mi hipótesis, recuérdese lo ya dicho acerca de la elaboración de toxinas por parte de ciertos microbios intestinales, y téngase en cuenta que dichas toxinas son absorbidas continuamente por la sangre, ¿Ha de admiarnos que, andando el tiempo, los venenos circulantes por nuestras venas y arterias lleguen a dañar profundamente dichos vasos? Ese bacilo coli, tantas veces nombrado, se distingue por su abundantísima producción de fenoles, venenos que atacan a las arterias acabando por determinar la arterioesclerosis, uno de los principales síntomas de la vejez prematura. Así, debe permitírsenos suponer que todo agente capaz de dificultar el funcionamiento del bacilo coli impidiéndole la elaboración de fenoles puede retardar el decaimiento prematuro de nuestros órganos.Y como quiera que el microbio láctico ocupa el primer lugar entre dichos agentes, tenemos perfecto derecho a suponer que ‘ejerzan una influencia beneficiosa en la longevidad’. Claro es que antes de que esa suposición llegue a ser una realidad confesada es necesario reunir numerosos hechos comprobatorios.

Entre tanto, voy a terminar ocupándome de un caso de longevidad, descrito no hace mucho por el doctor Meyer. Trátase de un individuo que ha llegado a cumplir ciento tres años de edad y que se encuentra bastante bien conservado. Tejedor de oficio, llevó siempre vida sobria y metódica. En la comida sólo conoció una pasión: la sauer-kraut, o sea el repollo con vinagre, del que devoraba grandes cantidades, en estado crudo frecuentemente. Sépase ahora que ese alimento contiene gran cantidad de microbios lácticos, de la misma forma, aunque algo más pequeños que los bacilos del yahurt búlgaro. Y sabida ya la influencia beneficiosa de los fermentos lácticos, no parecerá aventurado asignar al sauer-kraut cierta eficacia para combatir los malos efectos de la flora intestinal.

Naturalmente, es cuestión de importancia secundaria la forma en que se ingieren los fermentos lácticos; lo esencial es ingerirlos, ya sea con la leche cuajada, ya en decocciones vegetales azucaradas, ya en sauer-kraut o en otra clase de preparación. Hoy está fuera de toda duda que el fermento láctico debe entrar en considerable proporción, lo mismo en el régimen alimenticio que en el tratamiento de gran número de enfermedades.

Expuestos quedan abundantes datos acerca del nocivo papel desempeñado por muchos microbios intestinales y acerca de la posibilidad de combatirlos con los fermentos lácticos. Es de esperar que el perseverante estudio del problema lleve a la solución de importantes cuestiones relacionadas con las causas de varias dolencias de los órganos gastrointestinales”

Referencia: Nuestra flora intestinal. La guerra de los microbios [Segunda parte]
Por Elie Metchnikoff

Por esos mundos, Diciembre 1909, pp. 513-517

Cierra el Centro Wellcome de Historia de la Medicina de Londres

Mala noticia para la Historia de la medicina: el Wellcome Trust y el University College de Londres han decido cerrar el Centro de Historia de la Medicina, que se creó en 1966. De momento serán dos años. Después se verá.

Durante mucho tiempo ha sido lugar de peregrinaje para muchos, y creo que unos pocos llegaron a pensar que era una especie de “Lourdes”. La realidad es que en recursos pocos o ninguno lo podía igualar, el resto es opinable. Allí han trabajado Roy Porter, Bill Bynum, Vivian Nutton, Janet Brown y un buen número de doctorandos e investigadores postdoctorales, entre otros.

Parece que la noticia ha pillado por sorpresa a muchos. Para el mes de julio está previsto celebrar allí una reunión internacional sobre el “Futuro de la Historia de la medicina”. No conozco el origen de la decisión de cierre. Quizás habría que revisar los factores debidos a la propia disciplina de la Historia de la Medicina y los debidos a la política del Wellcome Trust y al camino que están iniciando las universidades de todo el mundo, especialmente las europeas. Parece que la Biblioteca, las exposiciones y todo el patrimonio de la Wellcome no corre peligro. Incluso puede que se dedique más dinero a la creación de becas para investigadores.

La enseñanza regular de la disciplina y disciplinas afines en el grado y en el postgrado no pueden dejarse en manos de Fundaciones y empresas privadas, aunque estos no son los vientos que soplan, como todos sabemos. Éstas hacen lo que les conviene; por ejemplo, conocemos grandes empresas y entidades de financiación que apoyaron la enseñanza, la publicación y la cultura, y ahora trasladan su apoyo económico a organizaciones no gubernamentales o a patrocinar equipos de fútbol. Si situaciones parecidas están comenzando a verse en instituciones de investigación básica, ¿qué podemos esperar del futuro de las ciencias sociales y humanidades?

En el British Medical Journal (BMJ 2010;340:c2094) acaban de aparecer más datos al respecto. Se habla de mala gestión y se manejan otros argumentos sobre financiación. Sin embargo, no se ha dado todavía una explicación oficial para el cierre, que se comunicó a los interesados después de las vacaciones de Pascua. ¿Qué pasará con el personal docente y administrativos?, ¿Qué pasará con los cursos que se imparten? ¿Y con los investigadores? Dos años de reflexión no son mucho y algunos investigadores, como Baynum, que se jubiló en 2003, dicen que “La decisión ha sido tomada por personas que no son historiadores de la medicina”. Cuando se habla de futuro cunde el pesimismo.

Artículo divulgativo de E. Metchnikoff (1909)

Reproduzco a continuación la primera parte de un artículo que publicó Elie Metchnikoff, del Instituto Pasteur, en la revista de divulgación Por esos mundos en 1909 (número 178).

Esta revista fue fundada en 1900 por José del Perojo. Era un suplemento de Nuevo Mundo. José Perojo y Figueras nació en Santiago de Cuba en 1850 y murió en Madrid en 1908. Estudió en la Universidad de Heilderberg y se estableció en Madrid. Fundó una editorial que publicó obras como las de Charles Darwin. Dirigió Nuevo Mundo, Por esos Mundos y El Teatro, y publicó en varios diarios y revistas (El Liberal, El Imparcial, La Ilustración Española y Americana, Gaceta Universal, La Opinión, etc. Fue diputado liberal.

Aunque el contenido de Por esos Mundos era de tema geográfico y de viajes, aparecen de vez en cuando artículos de divulgación científica. Uno de los reclamos de la revista eran las ilustraciones y fotografías que incluía. Muchas veces sus artículos los tomaba de otras revistas extranjeras (periodismo de tijera).

Nuestra flora intestinal. La guerra de los microbios
Por Elie Metchnikoff
[Primera parte]

Por esos Mundos, Noviembre, 1909, pp. 457-459

AUNQUE  los progresos realizados por la ciencia médica en los treinta años últimos han sido verdaderamente asombrosos, existen aún multitud de problemas médicos ante los cuales permanecemos tan a ciegas como en la antigüedad.

El simple descubrimiento de los agentes de infección en gran número de dolencias hizo dar a la Medicina pasos gigantescos. Aún conservo palpitantes recuerdos del terror que inspiraba el cólera en aquellos tiempos en que era desconocida la causa de la epidemia. Cuando estalló el cólera en Nápoles, á mediados del verano de 1865, acerté a encontrarme allí. Moríase la gente a puñados, y había que dejarla morir porque se desconocían en absoluto la causa de la enfermedad y los medios de prevenirla. Y así como en 1830 el filósofo Schopenhauer huyó de Berlín a Francfort para burlar el peligro de contagio, yo también, y como única defensa, abandoné precipitadamente a Nápoles.

El pánico estaba bien justificado. Como nadie sabía por qué daba el cólera, veíasele oculto en todas partes, en el aire que se respiraba, en los alimentos que se consumían. Ese miedo a la epidemia alejaba a los corazones caritativos de la cabecera de los enfermos, y aún del contacto con las personas que atendían a los atacados. La situación no podía ser más triste. Pero descubrió Koch el microbio colérico, y todo cambió radicalmente. La seguridad de haber tropezado con la causa verdadera de la dolencia proporcionó en seguida medios fáciles de prevenirse contra ella: siendo ese microbio de naturaleza tan delicada que no soporta ni las altas temperaturas ni la desecación, basta, en efecto, para verse libre de sus ataques abstenerse de tomar alimentos o líquidos que no hayan sido previamente hervidos.

Y no solo mira ya la humanidad al cólera con perfecta tranquilidad. Hoy no inspiran gran temor otras enfermedades infecciosas, tales como la peste bubónica, la difteria, la fiebre puerperal, etcétera.

En cambio, ¡cuánto queda todavía por averiguar respecto a infinidad de enfermedades crónicas, azote constante del pobre ser humano! ¿Qué remedio eficaz existe contra la gota, la diabetes, la arterio-esclerosis y la nefritis, por no citar sino las más generalizadas? Confesemos que toda nuestra moderna ciencia médica y clínica, aplicada á estudiar esas enfermedades, nada o muy poco ha podido sacar en limpio. Sabemos, por ejemplo, que la diabetes es una enfermedad producida por una perturbación del páncreas. En cambio, ignoramos la causa de qué glándula tan importante para la vida como es el páncreas deje de pronto de realizar sus funciones normales y permita la irrupción del azúcar en el torrente circulatorio.

Cosa parecida ocurre con la gota, enfermedad producida porque el ácido único, en vez de ser eliminado por ciertas células del cuerpo, al interrumpir éstas su trabajo normal, se infiltra en el organismo. Investigando las causas de dichas dolencias y de otras enfermedades del tubo digestivo, nos hemos preguntado si no provendrían de la inmensa cantidad de microbios habitadores del intestino. Partiendo de semejante hipótesis, la diabetes estaría determinada porque los microbios escondidos en los órganos de la digestión    penetran en e1 páncreas haciéndole enfermar. Pero si la anterior hipótesis puede ser fácilmente formu1ada, en cambio ofrece grandes dificultades de demostración.

El principal obstáculo para contestar satisfactoriamente al anterior problema (como a otros muchos relativos á las enfermedades del tubo digestivo, cuyas causas permanecen hoy desconocidas) , y para resolver la cuestión de la a1imentación racional, reside a mi juicio en que desde el alborear de la vida los intestinos se encuentran repletos de una flora microbiana numerosísima.

Sabido es que, ocurrida la muerte del individuo los microbios de esa flora precipitan la descomposición del cadáver, extendiéndose gradualmente por todo el cuerpo. Desde un punto de vista general, hay que reconocer la utilidad del fenómeno en cuestión, por cuanto convirtiéndose así las complejas substancias del organismo en cuerpos más simples pueden estos servir de alimento a las plantas.

Ahora bien: fuera importante averiguar con exactitud si la flora intestinal es igualmente útil al organismo vivo.

Numerosas han sido las hipótesis aventuradas sobre este punto; mas solamente en fecha recientísima se han podido obtener  indicaciones satisfactorias.

Pasteur sustentaba ya la opinión de que los numerosos microbios domiciliados en nuestros órganos digestivos nos prestan valiosos servicios, en cuanto, facilitando la digestión de los alimentos, mejoran 1a nutrición del organismo. Los complicados experimentos llevados a cabo en comprobación de la hipótesis dieron resultados en extremo contradictorios, pues mientras algunos conejillos de Indias, alimentados de modo que no  llegasen los microbios a sus intestinos, crecían y se desarrollaban como los demás, las gallinas y los batracios sólo prosperaban físicamente en el caso de dar libre acceso en sus intestinos a los microbios. Y aún se observó algo más: mezclando con sus alimentos determinadas especies microbianas, consiguió Schottelius devolver las fuerzas á varias gallinas debilitadas por el alimento rigurosamente puro.

Dada la extrema dificultad que ofrecían las experiencias con esta clase de animales, recurrióse a otros seres de orden inferior, y justo es decir que las indicaciones obtenidas fueron ya más completas. Bogdanoff, el sabio profesor ruso, ha conseguido inmejorables resultados operando con la larva de la mosca carnívora usada como cebo por los pescadores. Dicho sabio logró averiguar que es relativamente fácil alimentar dichas larvas con absoluta exclusión de todo microbio. A seguida, consiguió ya desarrollarlas desde el huevo a su última evolución, siempre con arreglo a las condiciones del experimento. La única diferencia que pudo observar Bogdanoff era que las larvas así alimentadas no crecían tanto como las ordinarias. También comprobó el sabio ruso que no todos los microbios favorecían el desarrollo de las larvas, sino solamente la bacteria tripsina, gran productora de un fermento digestivo. Averiguado esto, Bogdanoff mezcló al alimento de las larvas vírgenes de microbios cierta cantidad de solución de tripsina. Y , en efecto, las larvas se desarrollaron a maravilla, dando nacimiento a hermosos ejemplares de moscas.

Deduzcamos, pues, en vista de los experimentos de Bogdanoff, que ciertos microbios intestinales son en realidad útiles para la nutrición de los animales en aquel período de su vida en que sus órganos producen escasos fermentos digestivos. También demuestran esos experimentos que vida anormal de los animales puede desenvolverse sin el auxilio de los microbios del intestino a condición de que se añadan a su alimento los fermentos de que carecen.

De ahí que se haya resuelto la cuestión, estableciendo la teoría de que los animales pueden vivir sin la acción auxiliar de la flora intestinal. Esta conclusión hállase corroborada por el hecho de desenvolverse ciertas especies animales, y no solo desarrollarse sino vivir normalmente a despecho de carecer de microbios intestinales. Ejemplos de esas especies son los escorpiones y varias clases de larvas.Y aún pudiera yo añadir un ejemplo interesante a la lista: el de los murciélagos, esos mamíferos volantes que viven como pájaros, que digieren rápidamente y que excretan con frecuencia los residuos de sus alimentos. Pues bien: dadas estas facultades digestivas, claro es que los intestinos del murciélago han de contener muy pocos microbios. Son tan escasos, en efecto, que poca o ninguna ha de ser la acción que ejerzan sobre la nutrición de los murciélagos. Además, aún es posible reducir a la nada su flora microbiana, proporcionándoles solamente alimentos esterilizados. Yo he practicado el facilísimo experimento, con ejemplares del Pteropus medius, de las Indias, alimentándolo con frutas esterilizadas por el vapor. En todos los casos pude observar que los murciélagos vivían como si tal cosa sin microbios en el intestino. Existen, pues, numerosas pruebas de que el organismo puede funcionar bien sin la cooperación de los microbios intestinales.

Estos microbios existen en gran número en el hombre y en casi todos los animales mamíferos; y ya que no sea cosa de ocuparnos en los que puedan ser realmente beneficiosos, debemos estudiar cualesquiera otras especies cuya presencia en nuestros órganos digestivos es, sin duda, perjudicial.

El lector de Por esos Mundos va a tener alguna paciencia. No quiero cansar su ánimo con tecnicismos ni arideces científicas, y ya tiene bastante por ahora con estas páginas que a modo de introducción de mi trabajo se publican hoy. Sepa por el pronto lo que en nuestro organismo pasa, y espere la explicación de ello en el número próximo de esta revista.

Se publica ‘Tifus’, guión cinematográfico de Sartre

¿Hay alguien que ahora lee a Sartre? Hay que ver lo que han cambiado las cosas desde que estuvo de moda cuando yo estudiaba medicina. Entonces era muy odiado por unos y muy apreciado por otros, pero conocido por casi todos.

Uno de los géneros que cultivó Jean Paul Sartre (1905-1980) fue el guión cinematográfico. En 1944 firmó un contrato como guionista con la casa Pathé. Incluso llegó a abandonar sus tareas docentes para dedicarse a escribir. Tras la liberación, a lo largo de tres años, llegó a redactar más de una decena que no llegaron a la pantalla. Parece que incluso John Huston quiso contar con él para elaborar el guión de su película Freud (1962), pero la cosa no cuajó.

Ahora se ha publicado por Edhasa su guión Tifus, que le encargó en 1943 la casa Pathé, cuando él tenía 38 años. No llegó a rodarse ni a las pantallas. Más tarde Yves Allégret rodó Los orgullosos (1953), con Michèle Morgan y Gérard Philipe. Se inspiraba muy parcialmente en el guión de Tifus. Sartre no reconoció nunca su paternidad. Por entonces sus obras teatrales alcanzaban gran éxito: Las moscas (1943), A puerta cerrada (1944), La puta respetuosa (1946). El guión de Tifus apareció por vez primera en París en 2007 publicado por Gallimard.

El modelo de guión que publica Edhasa es el europeo, es decir, una columna derecha en la que aparece el diálogo, y una columna izquierda que recoge las descripciones y anotaciones. La lectura de las dos es interesante. En las anotaciones figuran a veces propuestas de tipo técnico como tomas, planos, etc. La traducción es de Horacio Pons.

La acción se sitúa en la Malasia colonial británica en pleno proceso de desmantelamiento de los servicios de salud. Se declara una epidemia de tifus. La atmósfera general recuerda la gran obra de Camus La peste. A quienes afecta más es a los indígenas, quienes son estafados en oscuros negocios de vacunas. Algunos personajes representan formas de ser, estereotipos, desde el médico borracho decadente a la mujer de dudosa reputación pero con una moral por encima de la de los burgueses. La historia los une a los dos en el intento de abandonar el país en barco. La responsabilidad y el compromiso, temas reiterativos en las obras de Sartre, aparecen aquí también, igual que los detalles que nos describen el trasfondo social y político de la época. Algunos han dicho que podría ser una película anticolonialista de aventuras, quizás de intriga. Para los profesionales de la medicina puede tener, además, otras lecturas añadidas. Sin embargo, en este guión el “tifus” no representa nada, sólo la enfermedad que demarca una serie de situaciones.

Referencia: Tifus, de Jean Paul Sartre. Barcelona, Edhasa, 2009. Traducción de Horacio Óscar Pons. 215 páginas. 17, 50 euros.

Recursos educativos sobre genómica

Genomicseducation.ca (de Genome BritishColumbia) trata de proporcionar recursos fiables para las personas que deseen obtener información sobre el tema. Trata de ser un lugar de reunión para profesores, investigadores, estudiantes, empresarios, etc., que estén interesados en la genómica.

En su sitio web ofrecen “Artículos informativos”, “Recursos educativos”, “Cosas para hacer”, y un “Glosario”. Desde la página principal se puede acceder también a la secciones “Actividad del mes” y a “Sabía usted que…”, que en este momento nos remite a Una persona puede ser portador de una enfermedad genética y no saberlo y Hay una diferencia entre la genómica y la genética, ambos temas muy interesantes.

Dentro de “Artículos informativos” nos encontramos con muchos recursos agrupados por diferentes temas: Para empezar, Fundamentos de la genómica, Medio ambiente y agricultura, Tecnología innovadora, Salud, Genómica y sociedad, etc.).

Los “Recursos educativos” están organizados por nivel. En la sección “Cosas para hacer” encontramos una serie de animaciones muy sencillas y claras, todas ellas recomendables; unas actividades; acontecimientos relacionadas con la genómica; y concursos.

La sección “Glosario” incluye un directorio por orden alfabético de los términos relacionados con la genómica, de los que se dice lo que son y también lo que no son.

En “Acerca de”, se pide la colaboración de todos para formar la comunidad y se anima a que se envíen propuestas, sugerencias, comentarios, etc.

Enlace: Genomicseducation.ca