Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 27

Insertamos tres notas y artículos de prensa más relacionados con el Homenaje que se tributó en la Universidad de Valencia a Darwin. En esta ocasión hacen referencia al acto en el que se descubrió la lápida conmemorativa.

«Los socios de la Academia Médico-Escolar obsequiaron ayer en el Hotel París al Sr. Unamuno con un espléndido banquete.

Los escolares manifestaron al sabio rector de la Universidad de Salamanca que le quedan altamente agradecidos, y que será en su vida grato recuerdo el de esta visita, que tanto les honra.

El Sr. Unamuno estuvo expresivo, elocuente y cariñoso con los escolares; les felicitó, porque al celebrar la fiesta en honor a Darwin habían realizado un acto de valor, despreciando hipócritas convencionalismos; además este acto enlatece a los universitarios de Valencia, porque es un acto serio, que se aparta de las fiestas y fiestecitas insustanciales.

Dijo que se pueden profesar todas las creencias y opiniones sin temor alguno, y que hasta es posible ejercer puestos oficiales sin necesidad de rendir culto a preocupaciones, ni hacer alarde de determinadas creencias.

Las palabras del Sr. Unamuno fueron acogidas con grandes aplausos».

El Mercantil Valenciano, 24 de febrero de 1909

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Homenaje a Darwin
«Esta tarde, a las tres, tendrá lugar en la facultad de Medicina el acto solemne de inauguración de la lápida que los escolares dedican a Darwin en el primer centenario de su nacimiento.

Al acto asistirán los catedráticos de dicha escuel y D. Miguel de Unamuno».

El Radical, 24 de febrero de 1909

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Homenaje a Darwin
«Ayer a la hora anunciada se verificó en la Facultad de Medicina el solemne acto de descubrir la lápida que los escolares dedican a Dawin.

Asistieron el señor cónsul de Inglaterra, el doctor Unamuno, gran número de profesores de dicha Facultad, algunos señores médicos y numerosa concurrencia de escolares.

La lápida, cubierta por las banderas inglesa y española, fue descubierta por el decano de la Facultad, Sr. Casanova, y en aquel momento sonó un nutrido aplauso.

Acto seguido leyó el doctor Bartrina las siguientes sentidas líneas, que fueron acogidas con entusiásticos aplausos, ciertamente merecidos, porque en menos palabras no es posible expresar tantas ideas buenas:

“Señores:

Esa lápida que acabáis de inaugurar representa la efigie venerable de uno de los mayores hombres de su siglo, centuria que, a su vez, fue de las más gloriosas de la historia.

Nacido en la tierra de las libertades, fue esclavo del trabajo, sumiso a la virtud, siervo de la ciencia y amante rendido de la humanidad.

Dio la vuelta al mundo, sabiéndolo mirar como ninguno, y a poco su nombre volvía a darla, venciendo por todas partes, con sus luces, las tinieblas de una noche secular.

Jamás inteligencia alguna fundó, sobre más amplia base de paciente observación, pirámide sintética de altura más portentosa; la torre de Babel no llegó al cielo; la síntesis de Darwin lo atravesó; y desde la cúspide pudimos descubrir la trama de aquella teleología misteriosa, que vista desde abajo semejaba Providencia. ¡Hermoso panorama! Lo que ya parecía perfecto, resultaba ser sólamente augurio de crecientes prodigios en sucesión ilimitada.

Al conjuro de Darwin, la infantil leyenda del origen milagroso de cada especie, confesión de insuficiencia de las leyes naturales, se disipó como un sueño, y la teoría transformista, única científica y más reverente con la Divinidad, si existe, explicó el proceso universal en sus múltiples actividades por la sola eficacia del primer impulso.

Tal revolución se debe a tal hombre. Fue, sin embargo, novador prudente, sereno y respetuoso. Construyó sin antes derribar; los viejos edificios se hundieron por sí solos a la sombra del suyo. Las supersticiones seculares intentaron luego amoldarse al darwinismo; Darwin no se preocupó nunca de adaptarse a ellas, y se hizo digno de la hoguera, aunque, felizmente, no alcanzó tal honor por impedírselo, más que el espíritu de los tiempos, el ambiente de los lugares.

Así, ese mármol, a la vez que homenaje al recuerdo de un gigante, es la lápida mortuoria del pasado carcomido, de la rutina de la patraña y de la intolerancia. Es también testimonio del valor con que los estudiantes de esta escuela se asocian a toda idea progresiva. ¡Ojalá cunda vuestro ejemplo! Recibid mi enhorabuena.  ¡Honor a Darwin! ¡Honor a vosotros!”

Una salva de aplausos premió la meritísima labor del doctor Bartrina.

Pronunció después un erudito y elocuente discurso el doctor Peset, condenando prejuicios y ensalzando las modernas doctrinas de la evolución. Extrañábase el doctor Peset que quienes pretenden poner en caricatura a Darwin acepten tranquilos y gozosos que la mujer venga de una costilla de … Adán.

Recordó antiguas glorias de nuestra Facultad, siempre progresiva mirando hacia adelante, y ensalzó el acto que se celebraba, porque demostraba que el espíritu progresivo subsistía y acrecentaba por la iniciativa de los alumnos y el impulso del profesorado (Grandes aplausos9.

Habló luego el digno decano doctor Casanova, congratulándose del acto que en aquellos momentos congregaba a maestros y discípulos, exhortando a estos, para que no miren con indiferencia la lápida colocada ni se olviden de que con ellos está, sino que la tengan como un estímulo para proseguir en el orden intelectual la actividad ahora demostrada. “Esa lápida —dijo— es a manera de escritura que habéis firmado comprometiéndoos a continuar la obra y seguir su ejemplo.” (Aplausos ruidosos).

A continuación hizo uso de la palabra el Sr. Unamuno, que aplaudió la actitud e los escolares valencianos más digna de loa, puesto que son los únicos en España que con tal esplendor festejan a Darwin, marcando desde jóvenes su personalidad, que es lo necesario para crear ciudadanos.

Recomendó el estudio de la persona de Darwin, porque si bien su doctrina ejerce verdadero influjo en todas las ciencias, el hombre es ejemplo digno de imitar por su tolerancia, altruismo y amor al trabajo (Aplausos).

El señor cónsul de Inglaterra se mostró satisfecho y agradecido, y dijo que daría cuenta oficial a su gobierno del acto con tanto esplendor realizado en Valencia, honrando a un sabio inglés.

Las palabras del ilustre representante del Reino Unido fueron acogidas con aplausos de satisfacción.

El decano de la Facultad pronunció breves palabras para dar las gracias a cuantos habían honrado el acto, y para agradecer especialmente al señor cónsul de Inglaterra su fina atención».

El Mercantil Valenciano, 25 de febrero de 1909.

Placa homenaje a Darwin (Valencia, 1909)

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 26

Viene de aquí: Parte 25

Continuamos insertando nuevos artículos sobre la repercusión del Homenaje de los estudiantes de medicina de Valencia a Darwin. Este fue publicado en El Radical el día 25 de febrero de 1909:

Filosofías para todo

El Sr. Unamuno, que tan bien ganada tiene su justa fama de gran filósofo, aquí donde tanto escasean los que se toman la molestia de pensar, ha pronunciado dos conferencias y un solo discurso, pues que, según dijo él y todos oímos, la segunda fue continuación de la primera.

En el mejor extracto que nos fue posible publicamos su discurso, que ha tenido la virtud, rico valor, de preocupar a muchos.

Cosas formidables ha dicho Unamuno que bien merecen la atención de los que aún no se han dejado absorber por la superficialidad de moda.

Algo muy grave ocurre en la vida española, que Unamuno expresa con estas palabras: ‘Crisis del liberalismo’. De esto se viene ocupando el célebre pensador en distintas conferencias de algún tiempo a esta parte. Dentro de algún tiempo será triste, como él ha dicho, el espectáculo que ofrecerá España con la muerte del liberalismo. Podríamos decir que el espectáculo de tristeza se ofrece ya, porque ese enfermo que se resigna a morir en su pobreza de sangre hace meses que no ve el sol, oculto en triste alcoba que naie visita. Es como esos enfermos que duran mucho y de quienes pregunta la gente: ¿Pero aún no se ha muerto?

Sin embargo, lo que aquí muere no es el verdadero liberalismo, que significa, en fin de cuentas, al instinto de la vida propia, la lucha por esa misma vida, ampliándola y exaltándola. Lo que muere sin remedio, lo que está sentenciado sin apelación, es el viejo, falso y ruin concepto que en España se ha tenido del liberalismo desde largos años.

El liberalismo en nuestro país ha sido siempre una paradoja lamentable, más tradicional que la tradición misma, más conservador que los rabiosos conservadores de una hora equivocadamente egoístas; que también el egoísmo es vehículo de grandeza cuando se pone en él pasión de almas fuertes, desligadas unas de otras, individualistas en el camino y armónicas al fin, que la armonía es perfecta cuando es infinita la variedad. Y el liberalismo del país español ha sido todo lo contrario. Estático como una roca, no ha podido resistir las mareas del tiempo. Fue charca en vez de manantial, y sus aguas se pudrieron a tiempo.

Unamuno, sin decir que es un remedio, predica el remedio: la exaltación de la individualidad. De ahí la guerra que cree necesaria del hombre consigo mismo, con los demás y hasta con Dios mismo; principalmente consigo mismo, por ser más difícil vencerse que vencer.

Es el remedio único, pero Unamuno no lo presenta como a tal porque sabe cuán enormes son las dificultades que la multitud opone al hombre en los pueblos meridionales, y en el nuestro más que en todos.

¡País personalista el nuestro! El filósofo de las transcendentales contradicciones lo ha expresado con claridad. En el país más personalista en apariencia es precisamente donde menos respecto hay para las personas. Y es que en realidad no hay aquí tal personalismo. La multitud pide que el hombre le diga lo que ella quiere, no lo que el hombre siente y piensa. No dar gusto a la colectividad es condenarse al aislamiento. Se glorifica a la personalidad mientras ésta se limita a reflejar el medio ambiente., amoldándose al pensamiento común. Cuando esa personalidad quiere poner en su vida el sello de su espíritu, pone en la opinión general un gesto de contrariedad.

Aquí se cultiva a la maña y se olvida al individuo. Unamuno quiere hacer hombres, hombres enteros que tengan el mismo valor solos que agrupados: noble tarea digna de un coloso, pero dolorosa por lo poco que fructifica. Es la educación de la voluntad lo que pide el filósofo con la valentía de altísimo pensamiento. Quisiera él encontrar en cada hombre un gran caudal de terquedad, una gran fuerza propia, una voluntad, en fin, capaz de sostenerse siempre frente a todas las imprecisiones, con brío suficiente para imponer su idea, sea como sea.

Y la semilla que arroja Unamuno cae en tierra de indiferentismo. La filosofía de la picardía y la de la tontería, que tan oportunamente ha citado, son las primeras que aquí se aprenden; podríamos decir las únicas. Los filósofos de la tontería están sobre todo; se han forjado una serie de razonamientos, con sus consiguientes consecuencias, para justificar la indiferencia, la manía de no tener manías, la idea de no tener ideas, la moda de no apasionarse por nadie ni por nada: ni por ellos mismos.

Claro que frente a esta filosofía de tontos o de imbéciles, se alzan aún los temperamentos enérgicos o flexibles, pero indomables, personalistas y luchadores. Son pocos, pero exiten. Benavente en el teatro, Baroja en las novelas, Soriano en la política, el propio Unamuno en la filosofía son buenos ejemplos de que hay personalidades en España, hombres inconfundibles que tuvieron constancia suficiente para ir varios de toda ‘la vieja tabla de los valores morales’, sufriendo a veces la angustia de verse atacados por los que se arrastran; pero compensado todo por la íntima satisfacción con que regala al hombre la convicción de su propio valer.

Aquí se han construido filosofías para todo. Sin embargo, ahora, como siempre, los espíritus rectilíneos siguen triunfando, y la multitud se entrega, al fin, aun contra su voluntad.

La labor de Unamuno no es siembra para todos. Los intermitentes espirituales no dejarán de serlo. Pero no faltará quien aprenda que la continuidad vence a las intermitencias , y labora más y mejor un pigmeo con constancia que un gigante con momentáneo esfuerzo.

Conferencias como éstas, de tan rico contenido, no pueden ser estériles.

Bernardo Merino
El Radical, 25 de febrero de 1909

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 25

Viene de aquí, Parte 24

Insertamos, a continuación, la última parte de la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia. Lo hizo para el Ateneo Científico, pero el acto se celebró en el Paraninfo de la Universidad.

Civilización viene de ‘cives’, ciudad, y lo contrario de civilización es ruralización. Hay que acabar con el espíritu rural, y en vez de que se metan los campos en las ciudades, es el espíritu de las ciudades el que hay que llevar a los campos. Para acabar el fermento de discordia, la barbarie y el procedimiento instintivo, hay que extender el espíritu de las ciudades a los campos. Esta mañana, viendo desde lo alto de la torre esta ciudad como una especie de rebaño esparcida, me hacían notar, y es cierto, que así como en otra parte, en Castilla por ejemplo, donde termina la ciudad empieza bruscamente el campo, desde que un núcleo de casas interrumpe, luego viene la campiña, aquí se va difuminando, se va poco a poco, y no se sabe dónde termina el campo y dónde empieza la ciudad, y entonces yo pensaba: ahora lo que hace falta es saber una cosa que yo no sé, y si esto también se repite en el orden espiritual, si esto significa que es es la ciudad la que va hacia el campo o es el campo el que va viniendo y se mete en la ciudad. Si esto es lo segundo, no hay movimiento de cultura posible, y siento tener que herir acaso sentimientos de campesinos. Ea es la verdad.

La ciudad es en todas partes el núcleo de la región, y si aquí ha de haber región, lo que primero hace falta es que haya ciudad con propia conciencia colectiva y con ciudadanía. La ciudad ha sido el origen de la civilización en todas partes y aquí como en todas partes tiene que serlo.

Afortunadamente, parece que va poco a poco haciéndose, no lo bastante; aquí no sólo tenéis una ciudad, sino tenéis también una ciudad universitaria; yo no lo sé, no hago más que dirigiros una pregunta, y cada uno se la contestará.— Esta institución, esto que llamamos universidad, y que debe ser más que una fábrica de licenciados en Derecho, en Medicina, o lo que quiera, porque mientras que no sea más que fábrica de esto, seguirá sujeta al régimen de las fábricas, ésta, ¿tiene alguna influencia en la ciudad? ¿Llega de alguna manera al pueblo? ¿Es una cosa popular? ¿Hace o contribuye hacer conciencia?

Si no contribuye a hacer conciencia está perdido esto, no vive, vegeta la vida más triste y es una oficina como puede serlo la Delegación de Hacienda, en la que uno tiene el ‘negociado’ de Historia, otro tiene el negociado de Patología, otro tiene el negociado de Derecho Mercantil, y cada uno tiene su negociado, despacha, y andando. Eso no es Universidad.

Siempre que he llegado a una ciudad universitaria, y os lo dice un universitario, que se jacta y se gloria de serlo, siempre que he llegado a una ciudad universitaria, he procurado hacer una visita a las librerías y saber si se venden muchos o pocos libros y qué clase de libros se venden. Claro que excluyo los libros de texto, esos no son libros generalmente. (Ovación). Siempre me he dicho: “Si esta institución no ha conseguido que se desarrolle aquí el culto al libro que se compren, que se lean, ¿qué es lo que ha conseguido? Porque hora es ya de entrar en un terreno absolutamente práctico. Una de las cosas que más hacen falta en España es instituir un poco el culto al libro. Que no haya el horror tan grande que hay al libro. Y cuando se ha hecho algo en este sentido no han sido estas instituciones, no hemos sido nosotros siquiera, los universitarios, ha sido algún modesto editor que ha tenido un poco de acierto y capital, y un poco de arrojo, el que ha hecho esta obra.

El culto al libro es una de las cosas que más hay que desarrollar. El saber leer y escribir importa poco, si la gente no sabe lo que lee y lo que escribe, o lee y escribe cosas que lo mismo da que no las leyera ni las escribiera.

Y hay un horror tal al libro, tan grande, que yo conozco a una persona que estando en Madrid va al teatro todas, todas absolutamente todas las noches. Una vez se encontró acatarrado, no pudo salir de casa, pero su catarro no le impedía leer; en fin, estaba hasta levantado. Cualquiera diría que un señor que se gastaba dos, tres y cuatro pesetas cada noche en el teatro, ya que no podía salir, que se comprara un libro que le costara tres pesetas y tenía distracción para tres noches. No, señor, no lo compraba y se pasaba el tiempo echado encima de la cama. Le dije: “Hombre, ¿por qué no compra usted un libro?”. Y me dio la contestación más peregrina: “Y luego de leerlo, ¿qué hago yo con él?”.

Al hombre le dolía hacer el gasto, y luego ¿dónde colocaba el libro?

Es lo mismo, le dije, que si cuando me llama usted  a comer y me trae una chuleta le digo: “No, no como, porque luego de haberla comido ¿qué hago de ella?” Por una parte el cultivo del libro y por otra —y en esto me dirijo a los jóvenes— una especie de amor, a lo que en el sentido no abstracto de la palabra, se puede llamar lo clásico, a la lectura y conocimiento de quellas obras fundamentales del espíritu humano, de aquellas cosas que no son como los hitos de la historia. Tengo observado en la mayor parte de los muchachos, lo he visto constantemente, que se pasan el tiempo leyendo el último libro del último muchacho que ha salido de Madrid, y leen las cosas de aquellos que conocen por el retrato que llevan en la portada del libro, y saben lo que ha publicado Juan Pérez, José Fernández, el muchacho de allá y el de más allá, y llegan a cierta edad, por ejemplo, tienen afición a la literatura, o dicen tenerla, y no han leído a Homero ni a Virgilio ni al Dante, ni a Shakespeare, ¿qué se yo? una porción de las cosas que no se pueden ignorar y con el horror a las lecturas de ese género, se pasan el tiempo en la comparación que a mí se me ocurre hacer.

Se pasan el tiempo comiendo aceitunas y toda clase de aperitivos, se estropean el estómago y luego no comen nada, porque pretenden vivir de aperitivos. Y esta falta de vida en nuestras ciudades que es una cosa que realmente da pena, porque casi todas las ciudades de provincias de España, y creo que esta no es excepción, lo demás sería una cosa exagerada, en el orden intelectual, en el orden del espíritu, están si no muertas, moribundas, no tienen apenas vida intelectual ninguna y una de las desgracias más grandes de España esta especie de centralización de la cultura, yo que en otras cosas soy muy centralista, cada vez más, en ésta lo lamento.

La poca cultura que hay aquí, poca o mucha hay que decir la verdad está concentrada en Madrid. Y esta es una desventaja muy grande y una grande dificultad. Los intelectuales de provincias casi todos emigran a Madrid y se olvidan de su provincia con el tiempo y se da el caso de quien ha nacido campesino, se va a Madrid, se mete a escritor y a los cinco años de estar en Madrid escribiendo, no sabe distinguir el trigo de la cebada.

Una de las cosas que indudablemente da hoy más fisonomía, más vida de cultura, más intensidad al movimiento intelectual italiano, es la descentralización de su cultura. En una porción de ciudades, no ya grandes, no ya en Florencia, Turín, Nápoles, en ciudades pequeñas, se encuentran siempre algunos hombres que trabajan, hay un núcleo de hombres, ya en literatura ya en ciencias, que tienen una pequeña revista, revista que vive, que se sostiene y en todas partes dicen: “en tal parte está Zutano y en tal otra Mengano, en otra está el de más allá”. Aquí si hay alguien muere en medio de la soledad y de la tristeza, aislado, sin espíritu de solidaridad, sin ambiente de ninguna clase. No puedo creer que no haya aquí, por ejemplo, dos, cuatro, seis, siete personas, ocho, veinte, acaso de buena voluntad, de inteligencia y de un cierto entusiasmo inicial para el estudio de la ciencia, el cultivo de las artes.

Observad, porque eso lo observamos todos, que en cuanto estos hombres han pasado de la cuarentena ya están vencidos, ya están viejos de espíritu, no hacen nada, están completamente tristes, no han sabido unirse, no han sabido tener solidaridad, no se han juntado para hacer una obra común, y, sobre todo, no han encontrado ambiente.

Conviene que os dediquéis a este estudio, debéis crear una especie de ambiente a eso, y si aquí hay una institución de enseñanza o de cultura, y ella por su parte, por una u otra razón, por un peso mortal de tradición, por una inercia de los individuos, no va a vosotros, id vosotros a ella y obligadla a salir de aquí y desamortizar la ciencia oficial. Yo creo que una de las cosas más necesarias es que un día las gentes irrumpan y se metan en las cátedras, hay quien no le gusta, hay quien no tiene un verdadero horror a los oyentes, le vienen a perturbar; pero ¡ojalá que la gente entre en las cátedras, que una porción de gente cambie completamente el curso de lo que se estaba diciendo?

Aquí tenéis una ciudad; esta ciudad es, en mayor o menor grado, una ciudad universitaria, y esa labor de hacer una conciencia colectiva, si a alguien obliga, es precisamente a un centro como este en que estoy hablando; y si el elemento que aquí enseña no tiene ninguna simpatía por el pueblo, acaso por temor, por vergonzosidad y miedo, creo que se le debe obligar a salir de esta especie de torre de marfil en que vive encerrado. Sólo de esta manera, haciendo una obra de cultura, tratando de hacer una conciencia en la ciudad y de hacer cada uno de vosotros una conciencia y darse cuenta de cada cosa, podréis no matar, que eso no conviene nunca, sino encauzar, dar vida a todos esos instintos, a todas esas pasiones, a esa especie de concepción emocional, estética y artística que os habrá llevado alguna vez, acaso, a excesos que han hecho esa especie de noción de la Valencia de los de fuera que como dicen, acaso no es la de vosotros, ni acaso tampoco es la verdadera.

Si con estas cosas puramente descosidas, sin orden, un poco así al desbaste, he conseguido, en uno siquiera de los que me oyen, encender un poco o avivarle un sentimiento que ya tenía, moverle a esta obra, me daré por satisfecho. Si yo volviera a esta ciudad — y ojalá pudiera ser ello —y al volver me encontrara con que había una cierta vida, de otro modo, con que se había desamortizado esta especie de ciencia oficial, que mientras es oficial no es ciencia, creo que diría: “Si en algo, si en las más pequeña partícula pude contribuir en un momento, no a la obra, a excitar a los que estaban dispuestos a emprenderla, me doy por muy bien venido, y por muy satisfecho de haberlos conocido.

(Grande ovación. Los señores que ocupan el estrado felicitan al orador).

El Pueblo, 24 de febrero de 1909.

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 24

Viene de aquí (parte 23).

Lo primero que hace falta es traer un respeto al individuo, un interés por el individuo, imbuir a todas las gentes una cierta curiosidad por conocer al hombre, y no simplemente por abrir los ojos y ver lo que es meramente externo. Y no es ciertamente esto de ir queriendo inquietar a las gentes, irritarlas, tal vez, buscarles el fondo en que el hombre vive eternamente, no es una tarea grata, como no es tarea grata ninguna en que se toma un cierto tono que sin saber lo que dicen llaman ciertas gentes, despectivamente, místico. Y siempre que se toca esto o siempre que en ello pienso, me acuerdo de un hombre de extraordinarias condiciones, de una de las figuras más ricas, más nobles, más sabias que se dio en el pasado siglo, de José Mazzini. Fue un hombre que elevó el sentimiento de la patria a una religión y sintió la patria con una intensidad verdaderamente mística, y hasta última hora continuó permanente y firme al deber, mal entendido por la mayor parte, porque en medio de aquella manera maquinal y grosera de entender las cosas, resultaba que aquel pensamiento que se elevaba de una manera más que alta, no se elevaba, profundizaba.

Hay un pasaje en los escritos de José Mazzini —cuando habla de la tempestad de la duda, de los tormentos que le asaltaron en un momento al pensar si era lícito que por defender una idea,  su idea, acaso la mía propia, hubiera tanta gente que fuera a la muerte y al destierro— que es una página más llena de contenido ideal, de fuerza, de vigor que yo he leído, y de positiva y honda religiosidad. Cuenta aquel hombre los tormentos. Siento no tener aquí el texto, todo él es una de las páginas de más honda emoción que he leído, y después de hablar de aquellos tormentos que al hombre le atenazaban, llegó a una especie de serenidad; pero ¡ah!, qué serenidad más dolorosa. Decía:
(Aquí leyó el orador unos párrafos de Mazzini)

Hay que ver toda la fuerza que tiene esa “Pace violenta y disperata (esa Paz violenta y desesperada) que acaso es la única fecunda.

Si andamos algunos en guerra con todo el mundo tratando de inquietar a las gentes, como en el lenguaje vulgar, de aguar la fiesta, y no ponerse nunca al lado de nadie, de ir siempre al contrapelo, es porque andamos buscando una guerra con nosotros mismos. Algo anoche os indicaba. La paz es una de las cosas más terrible y más estériles. Yo por mí mismo no la quiero. El día que llegue la paz, que no estoy en guerra con los demás o conmigo mismo, oigo el rumor de unas aguas que andan por debajo, muy por debajo, que me dicen al espíritu cosas que realmente me ponen pavor, y para no oír eso es para lo que anda uno constantemente en guerra, en guerra consigo mismo, en guerra con los demás y en guerra también con Dios.

Y no os escandalice esto, en guerra con Dios, esta es una cosa de que se habla en la misma Biblia, en los mismos sagrados libros, en los cuales hay un pasaje en que se nos habla de la lucha de Jacob con Dios, y como estuvo peleando desde la puesta del sol hasta el rayo del alba, buscando siempre el misterio, buscando la revelación del secreto y no la consigue. Esto es propiamente la religión de la lucha, de la lucha acaso por la lucha misma que es lo que hace al hombre, hombre. Lessing decíalo así: Si Dios me pusiera en una mano la verdad absoluta, pero condenándome una vez que la adquiriese a descansar en ella, y en la otra el anhelo de alcanzarla, pero sin haberla nunca de conseguir, le diría: “Señor, dadme este anhelo de buscar la verdad. La verdad absoluta es para ti solo”. Yo creo que haría lo mismo que Lessing.

¿Qué vas haciendo? le dicen una vez a uno. Qué sé yo. Sembrando, diciendo ahí al azar del camino, las cosas que al azar del camino se le van a uno ocurriendo. Sembrando para ver si un día puede recogerse.

¿Que no me entienden? ¿Y qué más da? Con tal que yo me entienda y además demuestre o trate de demostrar que se puede vivir y vivir en sociedad, y vivir en nuestra sociedad española, teniendo una cierta estimación pública, no encontrando grandes dificultades, y aún más en un caso concreto, teniendo una cierta posición social de carácter público y decir uno todo lo que se le ocurre, hablar limpiamente y con el corazón en la mano, sin que le toquen a uno para nada y haciéndose respetar.

Demostrar que se puede en este país ocupar tranquilamente ciertos cargos sin ser hipócrita, porque hay quien cree que una de las condiciones para la conservación de las preeminencias, de los honores y de los cargos, es la hipocresía. (Grandes aplausos).

Y aunque  no fuese más que esto, no el valor de lo que uno dice, sino esta simple acción de presencia, esta lección continua, y ahora voy a decir más —porque en este país se está calumniando siempre al Estado, — de que si hay hoy algo que sea un poco tolerante en España, en ese tan calumniado Estado, que es mucho más tolerante que la sociedad misma, cree que la lección es bastante y no hace falta más.

Acaso hace quince años, hace veinte —en eso apelo a todos los que son mayores que yo y que han podido conocer aquella época mejor que yo— creyeron que no era posible tener aquí ciertas posiciones que dependen, después de todo, del arbitrio público no haciendo una especie de profesión de ortodoxia. Eso puede hacerse hoy tranquilamente, y no hay cuidado ninguno. Basta tratar de buscar siempre dos cosas, pero la una en la otra. Tratar de buscar la verdad y la vida. La verdad en la vida y la vida en la verdad.

Yo no sé si se llega a alcanzar, eso ¡no importa!, la cuestión es buscarlo, y cuando haya hombres, hombres que hayan hecho una personalidad, que hayan conseguido una especie de filosofía, una concepción unitaria de la vida, que se hayan preguntado de dónde vienen y adónde van, aunque no hayan encontrado la respuesta, yo por mi parte no la he encontrado, y se lo estén constantemente preguntando, entonces podrá haber patria y entonces podrá haber pueblo y entonces podrá haber ciudad. Y esto de la ciudad tiene una gran importancia. Hace poco, como una de las cosas más simpáticas del movimiento catalán es la exaltación continua de la ciudad y hasta la escriben con letra mayúscula, y me parece muy bien, alguien me decía un día: “Pero si todo ese catalanismo no es más que barcelonismo”. Y le contesté: “Es natural. Así es y así tiene que ser”.

Sucede exactamente lo mismo que ocurre en mi país. Casi todo eso del bizcaitarrismo que habéis leído no es más que bilbainismo. Eso nació en Bilbao, se ha extendido de Bilbao a los pueblos y en Bilbao es donde tiene su núcleo.

Es, naturalmente. la conciencia de una región. Es la ciudad. Y donde no hay ciudad y ciudad que sea ciudad, que tenga conciencia de ciudad, no existe región. El aldeano no es regionalista en ninguna parte; tendrá un traje, tendrá una lengua, o un dialecto, o una manera de hablar; pero no siente esas cosas. La conciencia de un país es una ciudad, y lo que hay que hacer es extender el espíritu de la ciudad a los campos y no el de los campos a la ciudad. El campo está muy bien para las descripciones literarias, que generalmente las hacen los que no son campesinos, porque el que siente el campo y el paisaje no es el que vive en el seno de él, sino que es el señorito que va desde la ciudad al campo. El campo está muy bien para esas exaltaciones más o menos líricas, pero en otro sentido.

(Continuará) El Pueblo, 24 de febrero de 1909.

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 23

Insertamos, a continuación, la tercera parte de la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia. Lo hizo para el Ateneo Científico, pero el acto se celebró en el Paraninfo de la Universidad.

Si a esta gente que adquiere un poco de ciencia, a trompicones, a retazos, en traducciones, no muy buenas, de cosas que no entiende, sin disciplina, hubiera un modo de encarrilarles, de hacer que tomaran un poco de disciplina, que se orientaran, que aprendieran las cosas por el principio, creo que toda la vía, todos estos sentimientos bravíos, todas estas pasiones, todos estos instintos, podrían encarrilarse para fines muy útiles; pero resulta, desgraciadamente, que se les abandona; que tengan, por ejemplo, esa pasión por el hombre, eso está muy bien, El hombrees un hombre idea, como una idea cuando tiene valor es una idea hombre, es decir, es una idea viva y no puede separarse el pensamiento de la acción.

El principio del cuarto Evangelio según Juan, o según el evangelista Juan, tiene una especie de  introducción muy interesante que ha dado lugar a una porción de controversias, en la cual se dice que en el principio era el verbo, esto es, la palabra.

Goethe corrigiendo esto en el “Fausto”, decía: “En el principio era la acción”. Y leyendo yo a Goethe, y repasando el Evangelio de Juan, decía: “Bueno, ¡qué diferencia hay de la palabra a la acción?” Porque yo oigo hablar de la palabra y la acción y todavía no he visto qué diferencia hay entre eso. Lo más curioso es que los que hablan más execrando la palabra y diciendo que no basta hablar sino obrar, son los políticos, cuyo modo de obrar es hablar y llaman un acto a un discurso. Y en cambio, cuando habla otro no es acto. Yo todavía no me lo he explicado: ha hecho un acto y lo que ha hecho es un discurso. No sé qué diferencia hay.

La idea no es, después de todo, más que un acto comprimido, y a la vez un germen de un acto, puede ser que esté equivocado, de una manera estrictamente psicológica. Una idea no es más que una acción abortada, que antes de llegar a terminación queda encerrada dentro.

Yo no ´se, pero supongo que acaso la idea de que voy a mover el brazo es empezar a moverlo, y antes de llegar al movimiento hay una dificultad y queda abortada. Es una de las maneras como me explico que cuando se hipnotiza a uno y se le deja en una especie de estado vacío de conciencia y se le echa una idea, ésta se traduce, hasta llegar el acto, porque no tiene el obstáculo de la conciencia o raciocinio.

La historia nos enseña por otra parte que los espíritus que han pasado por más contemplativos han sido los más activos. Cuando las órdenes religiosas han necesitado para sus negocios temporales un hábil diplomático, uno que les lleve adelante los asuntos, es muy frecuente que lo hayan buscado entre los más contemplativos, entre las gentes que parecía que se estaban cerniendo por las nubes; y la historia enseña también que cuando esos que han pasado por espíritus místicos, por gentes que andan en las nubes, perdidos en éxtasis y en contemplaciones extramundanas, han venido al terreno de la acción, han resultado los hombres más astutos, los más activos y los que sabían mejor a dónde iban. Ahora, que hay otros que no andan en las nubes, que no andan en ninguna parte.

Y después de todo, el pensamiento mismo, ¿qué es para nosotros, sino una manera de justificar nuestros actos? La mayor parte de las filosofías que oigáis exponer a los hombres, son filosofías a posteriori para explicarse a sí mismo su propia conducta. Y así, lo que yo suelo exponer, es una manera de explicarme lo que yo hago. Todo el mundo tiene la necesidad de ser lógico, de hacer las cosas por alguna razón, por algún fundamento, y cuando no saben lo que hacen por qué lo hacen, inventan. Para cohonestar grandes picardías han inventado las gentes la ‘filosofía de la picardía’ y hasta para cohonestar sus tonterías, inventan los tontos una especie de filosofía de la tontería, lo cual demuestra, que no son tan tontos como parecen (Risas).

Una vez, y lo recordaba hace poco, me decía uno: “Si yo no creyera en el infierno, haría cosas horrendas, sería un gran criminal”; le dije: ¡Bah! si usted no creyera en el infierno, seguiría haciendo las mismas cosas que hace y no haría usted otras. Lo que hay es que entonces y para explicarnos por qué no hace usted cierta cosas, inventaría otra teoría cualquiera. No es el miedo al infierno lo que le haría a usted no hacer eso. Es el haber inventado el miedo al infierno. “Pues entonces, ¡por qué no lo hago?” “¡qué se yo!” Porque han educado a usted así, porque sus padres y abuelos le han hecho así, porque en último término está la guardia civil ahí detrás (Risas y muchos aplausos).

Y es que la idea no es nunca un concepto rígido, no es una cosa estética, no es una cosa de programa, es algo que se pliega, es algo que vive, lo mismo que un organismo, es algo que tiene flexibilidad. Y la filosofía que hace falta aquí, es una filosofía que guíe nuestros actos, pero una filosofía que que explique también los actos nuestros.

Viniendo al caso concreto de todas estas divagaciones un poco descosidas y algo incoherentes, yo tengo una cierta acción, llevo unos cuantos años escribiendo y acaso hablando más de lo debido. Hay una razón para eso, y hay también, y sentiría entrar en un terreno muy lírico (voy a contenerme lo que pueda), algo que aquiete y sofoque preocupaciones, inquietudes y tormentos interiores, y para eso expliqué mi idea; una especie de filosofía, una filosofía personalísima lo más absoluta, y aún prediqué el deber de cada uno a imponer el sello de su personalidad a los demás, y una ética agresiva e impositiva.

Y es aquí en este país, en España quiero decir, donde tanto se habla de personalismo, donde el ‘fulanismo’ tiene tanta fuerza, es uno de los países en que menos se respeta la personalidad ajena: molesta la personalidad. Aquí se tolera a un hombre que piense de tal o cuál manera, pero a uno que tiene o quiere tener una fisonomía, ese es “un tío que carga” y como yo sé que cargo a mucha gente acentúo mi personalidad.

He conseguido, y se consigue y consigue todo el mundo, cierta tolerancia y cierto respeto a las ideas. Lo que es difícil conseguir, es la tolerancia al modo de exponerlas, es a la manera de ser, es a las costumbres, es a las cosas externas.

Hasta me he encontrado alguna vez con quien me ha dicho “Bueno. Usted piense como quiera y ande con todas las paradojas, pero póngase usted corbata”. (Risas). Pues por eso no me la pongo precisamente (Más risas). Y que no se respeta la personalidad, ni interesa la personalidad, hay un dato que lo demuestra, más que ninguna otra cosa. Cualquier literatura europea es más rica que la española en biografías, en autobiografías, en memorias, en cartas de hombres que han tenido una cierta acción pública.

En la literatura inglesa, sobre todo, una de las cosas que más encantos puede producir al lector, es la gran cantidad de libros biográficos, autobiografías y colecciones de cartas.

No bien acababa de morir Gladstone, se publicó una biografía magistral de Gladstone.

Ayer hacíamos aquí un homenaje a Darwin, y se puede leer en libros, muy encantadores por cierto, alguno de ellos de su hijo, cosas de quién era Darwin.

Desde que yo tengo uso de razón, he visto desaparecer de la escena pública en España una porción de hombres que han tenido una gran influencia, muchos de ellos un gran valor, ya en la política, ya en las letras, ya en las ciencias.

Todos nosotros, la mayor parte, hemos vivido en tiempos en que ha muerto Cánovas, en que ha muerto Sagasta, en que ha muerto Romero Robledo, Campoamor, Nuñez de Arce, artistas; ¿qué biografías veis por ahí de ninguno de estos hombres que merezca la pena de leerse? Ni una, que yo conozca. ¿Y de cuál de ellos se ha publicado notas íntimas, recuerdos, cosas personales, colecciones de cartas? De ninguno. Para el hombre queda su nombre en la historia, porque ha hecho una u otra obra, más la nota personal, la íntima, de esa no sabemos nada, porque en rigor, la personalidad no interesa nada.

Los más adictos a uno de estos hombres, cuando han tenido la eficacia de una fuerza política, cuando han podido repartir favores, cuando han sido fuerza de la cual emanaban poder e influencia; alguno de los hombres que más les han rodeado, apenas han muerto se acordarán de ellos, pero parece como si no se acordaran.

El culto al hombre por el hombre mismo, no al ministro que daba credenciales, sino al poeta o al escritor que ocasionaba un buen rato con su conversación o con sus libros, esto no se encuentra entre nosotros, y es que con tanto personalismo, con tanto fulanismo, no hay respeto ninguno a la personalidad. Yo no sé si la masa tiene una especie de individualismo atómico y cada cual se cree tanto como cualquier otro, y por consiguiente, ¿por qué le ha de interesar el prójimo? o es porque no hay verdadera personalidad.

Hay mucha gente que tiene hasta una atención relativamente pública, yo dudo que tenga una lírica, que le pasa algo por dentro. El hombre, el hombre es lo único más interesante que puede haber en una sociedad. Y aquí si acaso no hay pueblo, no hay una sociedad con conciencia, es porque tampoco hay individuos que la tengan, hay muy pocas personas que lo sean realmente. Hay sí un individualismo, pero un individualismo sin personalidad, y si esto parece un poco paradójico, voy a ver si con una especie de rodeo y con un procedimiento metafórico puedo explicároslo. Cabe que haya una serie de vasijas muy firmes, muy duras y recias, con unas paredes verdaderamente resistentes, todas iguales, y que estén llenas de un líquido exactamente igual en todas ellas y el más homogéneo, el más igual, o que no estén llenas de nada, o que estén vacías.

Estas son unas vasijas que tienen una gran individualidad; se diferencian de las demás si acaso, pero personalidad no tienen ninguna, no tienen contenido. Y cabe, por el contrario, que haya una serie de células con una membrana delgadísima a través de la cual se verifique una ‘exmosis’ y ‘endoxmosis’ muy fácil, y que estén llenas de líquido, diferentes unos de otros, muy heterogéneos. Puede un hombre tener una gran personalidad, un gran contenido interior, una gran riqueza espiritual, y sin embargo no tener esas paredes rígidas; y por el contrario, pueden estar metidos dentro de una concha, o de ese caparazón, y estar vacío. Y a mí me hace el efecto, de que éste mi país, de que ésta mi patria, es un pueblo  de cangrejos, de hombres que tienen un caparazón muy duro, muy recio, lleno de pinchas, y todos tienen por dentro la misma carne, o no tienen ninguna. No tienen más que individualidad, la personalidad en absoluto se borra. Mientras no haya hombres con una riqueza interior adquirida, no sólo con el estudio, sino tal vez cultivando inquietudes y preocupaciones que la mayoría trata de apartar, no creo que haya verdaderamente una sociedad….

(Continuará) El Pueblo, 24 de febrero de 1909

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 22

Insertamos, a continuación, la segunda parte de la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia. Lo hizo para el Ateneo Científico, pero el acto se celebró en el Paraninfo de la Universidad.

Viajando yo por cierta región de España de las más interesantes y donde la gente es más bravía, le decía yo a uno del país: “Me parece que el elemento ético más importante aquí, es el mosquito”. Dice él: “¿El mosquito?” Digo: “Sí; el mosquito es el vehículo del paludismo y este es un pueblo que está hecho por las palúdicas, es un pueblo de maláricos. Es usted de este país, y con tradición en él, y si no es usted palúdico lo fue su padre, y si no es su padre, fue su abuelo, su bisabuelo”. Y una enfermedad, a mi no me cabe duda y si digo una herejía médica, perdónenmela los médicos, una enfermedad trae una cierta modalidad al espíritu.

Hay una psicología especial, en cada enfermo distinta. Sabe todo el mundo el mal humor que tienen los dispépsicos, la tristeza, por ejemplo, de las gentes que tienen enfermedades del hígado, y lo mismo la tuberculosis que la sífilis o cualquiera otra enfermedad, introducen un tono especial al espíritu, y tal vez el carácter de ciertos pueblos provenga de una enfermedad que ha dominado en ellos durante mucho tiempo y que ha dominado en ellos durante mucho tiempo y que ha acabado por imprimirles ese crácter. Le decía yo a este sujeto: “Este ha sido mucho tiempo un país de maláricos, un país de palúdicos, y eso les ha habituado a una acción intermitente. Hay pueblos en esa región a que me refiero, en que de cada tres días, el obrero sólo puede trabajar uno; los restantes está tiritando con la fiebre. Esta es una pérdida económica enorme, y cuando sale de ese estado de sopor, de esa situación en que está sin hacer nada, es para entrar en una actividad violenta, febril, para recobrar el tiempo perdido, y esto en unos y otros, al cabo de tiempo les ha habituado, sin duda, a esta acción intermitente, y hoy hasta los que no tienen la palúdica, la tienen en el espíritu y son incapaces de la acción continua y lenta””.

Y decía: “No tiene usted más que ver el hombre más característico de esta tierra, la tierra en que yo estaba hablando entonces, Pizarro. Estaba aquí cuidando el ganado tendido debajo de una encina; salió, se fue a América, hizo en el Perú, en poco tiempo, las barbaridades mayores que puede hacer un hombre en tan poco tiempo, lo mataron, como era natural que lo mataran; pero si aquel hombre después de hacer aquellas cosas tan enormes, que demuestran un despliegue de energía humana, como difícilmente se volverá a repetir, vuelve a su tierra, se vuelve a echar debajo de una encina y el resto de su vida lo pasa echando una siesta. No me cabe duda” (Aplausos).

Una psicología muy distinta de la psicología de otros pueblos y no hay que ir fuera de España, los pueblos de España mismo y dispensadme, si esto es un alarde de regionalismo, que yo he demostrado no tenerlo, una psicología muy distinta es la de mi país. Me refiero al país vasco, donde el hombre es lento y es continuo y es terco sobre todo. La virtud mayor que tenemos es la terquedad. El hombre más representativo de la casta, el vasco más típico acaso que haya habido, era, ante todo y sobre todo, un hombre terco.

Es San Ignacio de Loyola quien terco y lento, toda su fuerza estaba sencillamente en su terquedad. Oraba en buena forma, lo hacía todo suavemente; pero terco un día, con paciencia, no cejaba en su labor. Esta acción intermitente, como digo, y vuelvo a recoger lo del principio, se observa en casi todos los pueblos que tienen una naturaleza artística, impresionable. Yo no se si esto tiene cura. Cada uno es como es, y siendo como es, lo único que se debe buscar es sacar de su propia naturaleza, de aquella idiosincrasia particular que tiene, el mayor resultado posible. A mí, por ejemplo, nunca me ha ofendido esa frase que a muchos españoles les molesta, que dice que el África empieza en los Pirineos. No creo que eso es deshonroso, después de todo, considerando que eran africanos San Agustín, Tertuliano, San Cipriano, una porción de gentes que por lo menos tenían energías; creo que es mejor ser africano de primera que europeo de quinta. Lo malo es, acaso, que no somos africanos de primera.

No sé, digo, si este modo de ser impresionable, artístico, esta visión, influye hasta en las gentes, para las cuales existe el Universo visible de fuera, y el Universo interior, el de dentro, apenas existe. Esta gentes aprenden otras terminologías que son más objetivas que subjetivas, más descriptivas que líricas. Yo no sé si esto tiene remedio, ni si se debe remediar siquiera, pero si tiene algún remdio, el remedio que ello pueda tener, es hacer un esfuerzo por dar a la vida un contenido ideal, es decir, expresándolo con su palabra propia, una filosofía.

Y a esto que es artístico, que es formal, hay que darle, como fundamento, como algo fundamental, una verdadera filosofía. Esto es casi una monomanía. Hace ya mucho tiempo, que en distintas formas, no siempre muy claramente, lo reconozco, vengo diciendo en todas partes, y en cuanto tengo ocasión la necesidad de que se haga una filosofía en España, la necesidad de que las gentes tengan una concepción unitaria, de la vida unitaria y conexa que dé unidad y continuidad a la acción, la necesidad de que las gentes se preocupen, como decía un íntimo amigo mío de quien yo aprendí esto, “del principio primero y el fin último de las cosas” y desconfío mucho de todo hombre que se dedica a una acción sobre los demás que no haya pensado nunca de dónde venimos, a dónde vamos, y qué somos en el mundo.

Ahora, siempre que yo he ido con esto, me he encontrado, sobre todo, de parte de los políticos que se han encogido de hombros cuando no han dicho despectivamente en el fondo: “Bueno, esas son filosofías”. Otras veces, pero éstas no son los políticos, éstas son los mentecatos, han dicho: “Esas son paradojas”. Yo digo: “Bueno; ellos siguen su camino, yo sigo el mío”.

Indudablemente, esta falta de filosofía, esta falta de contenido doctrinal elevado, no puramente pragmática, es acaso la causa principal del decaimiento que están sufriendo en España una porción de ideales, sobre todo el ideal liberal. El ideal liberal se acaba. Lo he dicho antes de ahora y no hace mucho todavía. Hubo alguno de esos que se llaman liberales, es decir, los liberales de partido, los que están encasillados como a tales, que ordinariamente son liberales de ‘bula’, que ha fingido escandalizarse, y decir que son locuras, y luego, en particular, me lo han reconocido y dicho: “Tiene usted razón; lo que muere en España es el liberalismo. Eso se está acabando en las generaciones que vienen. Da una verdadera tristeza ver en qué situación de espíritu se presentan”.

Casi todos los muchachos que yo conozco, y conozco bastantes, que he tratado de sondar sus aspiraciones, sus ambiciones (y el hombre que no tiene ambición, no es hombre) he visto que se limitan a ser diputados provinciales para coger una heredera rica: de ahí no pasan.

Y muertos por falta de contenido doctrinal, por falta de haber tenido una filosofía, una concepción total del mundo de donde derivar doctrinas; moribunda esta doctrina, se trata muchas veces de sustituirla con algo que es emocional, que acaso pasional, pero que no tiene contenido alguno, con una cosa que se llama radicalismo y que es puramente forma, que es una cosa sin contenido de ninguna clase, que lo mismo puede tener color blanco, que rojo, que negro, que amarillo. yo he conocido gente que ha pasado de lo que vulgarmente se llama misticismo (el misticismo es otra cosa) en cuatro días al anarquismo, y luego ha dado la vuelta. Bueno, no me ha chocado, es exactamente la misma cosa; y es que realmente los que de vosotros hayáis tratado a uno de estos anarquistas de buena fe, que son la mayoría, entusiastas, habréis visto que es una especie de místico exaltado; empieza por tener sus dogmas y unos dogmas extraordinariamente cerrados. Yo viajaba una vez con uno; el hombre, con ese afán de crear prosélitos, como un mentor, que no me parece mal, trataba de convencerme. Tanto hizo, que no puede menos de atajarle: “Hombre, no podemos entendernos. Usted parte de un postulado y el de la acera de enfrente a usted (yo no soy de la acera de enfrente, por supuesto), parte de otro, y yo por tener un postulado también tengo el mío. ¿cuál es? Usted parte del postulado de que el hombre nace bueno y la sociedad le hace malo: la bondad nativa del hombre; el otro parte del postulado de que el hombre nace malo y la gracia del bautismo le hace bueno (cuando le hace); y yo por tener mi postulado, tengo el mío, y es que el hombre nace ni bueno ni malo, sino que nace tonto; algunas veces deja de serlo, de ordinario continua tonto toda la vida” (Risas y aplausos).

Pero después de todo, aún cuando sea errónea la creencia en una bondad nativa del hombre, es una fe y una fe es lo que da verdadera unidad y verdadera fuerza a la vida, sea la que fuere. La cuestión es tener una fe, y esta gente tiene la fe en la bondad del hombre, y yo he pensado muchas veces: si con todo ese entusiamo, con toda esa fe en su postulado, no demostrado y acaso indemostrable, se pudiera hacer que este pueblo tuviera un sentido de continuidad, de paciencia, y se dedicara a estudiar y a tener una concepción total de las cosas ¿cuánto no podría hacerse? Y finalmente se está haciendo porque el afán de instruirse es sobre todo en las clases populares, en España cada vez más, mucho mayor que en las clases altas y sobre todo en las clases que han pasado por Institutos y Universidades. Allí, y lo digo yo, que soy del oficio, por regla general, lo que se les hace es cobrar avorrecimiento al estudio. Yo he visto obreros encima de un libro que apenas lo entienden mal. No importa, siempre se saca algo, por poco que parezca que se entienda.

Yo tengo un amigo pintor que dice que le gusta leer libros que no entiende, porque suple las cosas, y se imagina lo que dirá, pero cuando entiende bien como el libro lo dice, a él no le queda nada.

Lo malo no es esta gente, lo malo es la gente de carrera porque cuando me hablan de analfabetismo siempre suelo decir: “lo malo no es los que no saben leer y escribir. Lo malo son los doctores analfabetos, y hay muchos, yo conozco a muchos, que saben leer y escribir, pero es como si no supieran, exactamente igual”.

Miguel de Unamuno

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Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 21

Insertamos, a continuación, la primera parte de la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia. Lo hizo para el Ateneo Científico, pero el acto se celebró en el Paraninfo de la Universidad.

Por creerla de verdadero interés, nos complacemos en reproducir íntegra la conferencia que pronunció D. Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad Literaria, el día 23 del pasado Febrero.

Después del breve y elocuente discurso de D. Tomás Jiménez Valdivieso, ilustrado y cultísimo presidente de dicho Ateneo, sobre el carácter del pueblo valenciano y elogiando al ilustre rector de la Universidad de Salamanca, se expresó éste del modo siguiente:

“Señoras y señores: Lo primero es una cuestión de método, y es que os pido permiso para sentarme. Hablando sentado me parece que lo hago en cátedra y se establece una mayor intimidad, algo más familiar, y sobre todo, volvemos a la costumbre que tenemos los que a la cátedra nos dedicamos. Hecha esta observación y pedida vuestra venia, hablaré sentado.

Yo agradezco mucho al señor presidente de este Ateneo las palabras de cariño y de afecto que me ha dirigido, y agradezco también mucho este saludo que ha dirigido, aprovechando esta ocasión, al país en que yo vivo, aunque no sea mi país nativo, a Castilla, en el cual han nacido casi todos mis hijos y he acabado por connaturalizarme casi por completo.

Y viniendo ya a esto, no quiero dejar pasar un recuerdo; y es que de allí de la ciudad en que yo vivo ya hace años, y con la cual he acabado por connaturalizarme grandemente, en espíritu, vino a esta ciudad de Valencia uno de los hombres que más lustre dio aquí a las ciencias, que fue Pérez Pujol. Este es por lo menos uno de los lazos más íntimos y más nobles que puede unir a dos pueblos, al haber venido de allí un hombre de aquella naturaleza; ójala tuviéramos allí la dicha de poder recibir un hombre análogo de esta región que llevara otro espíritu y otra concepción distinta de las cosas, que siempre el que va a un país trayendo algo diferente, enriquece la cultura grandemente.

Y ahora ya, a los que anoche estuvieron aquí y pudieron oír de las cosas que, muy de prisa y siempre con el temor de alargar, yendo cortando, iba diciendo: he de advertirles que quería que fuese una especie de continuación, en otro tono, sobre otro terreno, algo que en orden de aplicación, y viniendo a cosas más candentes, que no se podían entonces indicar, porque tratándose de un homenaje y un homenaje de cierta nobleza, no cabe sin hacerle que degenere, descender a cierto terreno, hoy hablaba con un final y como un ensueño o una ilusión inspirada en el sentimiento y en el conocimiento de lo que es el proceso evolutivo de las especies y de los pueblos y de la necesidad que hay de crear una conciencia colectiva, porque, y he de repetir ciertas cosas, es imposible que la evolución de los individuos haya terminado, yo creo que no, que un hombre moderno no sea íntimamente, en cuanto a organización, superior a un griego de tiempo de Pertoles, o a un romano de la época de Augusto; pero lo que es indudable, es que nos encontramos con más medios y que se ha creado todo un conjunto de instituciones, de útiles de trabajo, que nos ponen en disposición de trabajar como ellos no podían.

Un hombre moderno recibe una lección científica, recibe unos instrumentos, microscopio, telescopio, toda clase de útiles de trabajo que le ponen en un breve tiempo a una altura que antes no podían, recibe el legado de las generaciones y esto permite que empiece ahora lo que alguien ha llamado una evolución superorgánica, la evolución de las sociedades, que todavía son casi gérmenes de sociedades.

Decía aquí el señor presidente del Ateneo, que se alegraba de que vengan ciertas personas; aquí prescindo de los epítetos más o menos significativos, que se apliquen a conocer a este pueblo singular, que suponían, y acaso con razón, que no es bien conocido fuera de aquí. Yo así lo creo también. Raro es que el pueblo que es bien conocido; una de las cosas más difíciles, aún más que conocer a un hombre, es conocer a un pueblo.

Un humorista norteamericano, Oleborrvel de Boll, tiene en uno de sus libros uno verdaderamente humorístico, pero de un gran sentir, y es que hablando dos sujetos, de pronto interrumpe y dice: Entonces uno de los seis… -dirá el lector: ¿seis? ¿no quedamos en que había dos?- Dice él: no, donde quiera que hay dos dialogando hay siempre seis: por ejemplo: son Juan y Tomás, y hablando hay el Juan, el Juan de Juan, y el Juan de Tomás; Tomás, el Tomás de Tomás y el Tomás de Juan. Yo tal cual soy, yo tal cual me creo ser, yo tal cual vosotros creéis que soy son tres, y hay una serie de acciones y reacciones entre estos tres porque es probable que si la idea que de mí tengáis vosotros, por uno u otro medio adquirida, es falsa, la idea que yo de mí mismo tenga puede ser tan falsa también, y lo mismo sucede con los pueblos; y creo yo, y me parece suponer que ha de haber tres Valencias: la Valencia tal cual és, la Valencia tal cual los valencianos creen que es y la Valencia tal cual la creen los de fuera. Para los de fuera, no os debe extrañar, lo habréis oído muchas veces, y el que no lo haya oído antes lo oirá por lo menos hoy. Pasa por ser un pueblo dominado por el instinto y por la pasión y no con grandes dotes reflexivas. Esta es la verdad, sea lo que fuere de la realidad.

El reino del instinto es una de las cosas más difíciles, más fácil por otra parte de  execrarlo, y sin embargo tiene mucha más defensa de lo que se cree. Son embargo, entrando en esto del instinto, el instinto no es siempre primitivo, muchas veces los actos que se llaman en los animales, en el hombre mismo y aún en las sociedades, insttintivos, no son más que detritus de las cosas que en un tiempo fueron racionales, cosas que en un tiempo se hicieron reflexivamente y han venido rodando poco a poco, hasta hacerse de una manera maquinal e instintiva.

Son lo que de una manera técnica y estricta se pueden llamar y es, el valor que tiene la palabra superstición; la superstición es un resto, es una escurridura, es por ejemplo un dogma que un tiempo estuvo vivo, que quiso decir algo, que respondió a un estado de conciencia y hoy no es más que una cosa vacía de contenido, un caparazón sin carne ninguna, o una de esas hojas que colocan los enamorados dentro de los libros y que con el tiempo se seca, pierde el perfume y pierde la vida (Muy bien).

Por otra parte, este instinto que se guía por la pasión que lo personaliza todo inmediatamente, no es tan pernicioso como se cree. Hace ya algunos años, en una revista, por ahí publiqué yo un cierto ensayo sobre el ‘funalismo’ defendiéndole, diciendo que no tenía nada de extraño que las gentes dieran más importancia a las personas que a las ideas, pues la experiencia propia me ha enseñado que las ideas,  me han engañado más veces todavía que las personas. (Risas). Y además, una idea, eso que llamamos aquí una idea, suele ser una cosa muy abstracta, muy escolástica, metida dentro de unas formas muy rígidas y de las cuales difícilmente se extrae una aplicación inmediata. Una vida y un hombre, y cuando es un hombre, que esta en una gran dificultad, cuando es un verdadero hombre, es una idea tan rica como cualquiera, exactamente lo mismo. Después de todo, el valor vital que ha tenido el cristianismo, es el haber sido fundado sobre una persona más que sobre una doctrina y ser el culto, no como puede ser el del budismo, por ejemplo, de una cantidad de principios filosóficos, sino de un hombre, de la vida de un hombre, y haber adquirido todo el valor de la manera como aquel hombre sembró su vida y sembró su muerte.

Y esto de que se agreguen y de que se agarren las personas a los hombres, más que a las ideas abstractas, es mucho más natural cuando se encuentra uno con un pueblo que tiene una cierta naturaleza de lo que llamamos ordinariamente artística, con una relativa incapacidad para la abstracción y por el cual las ideas no adquieren valor, sino cuando se encuentran encarnadas en formas concretas, en formas artísticas y sobre todo en hombres vivos que respiran y que se mueven. Tiene, sin embargo, esta concepción estética del mundo, porque en el fondo es una concepción estética, sus quiebras y quiebras muy malas. Los individuos y lo mismo los pueblos que los individuos, que se dejan guiar por concepciones estéticas, que tienen una visión artística, acaban por ver el mundo de una manera cinematográfica, no ligan, no atan, les falta un cierto principio de continuidad, no hay un hilo, no hay algo que vaya enlazando sus distintas impresiones y caen con mucha frecuencia en la intermitencia.

Y este, no digo Valencia, casi toda España, sobre todo la parte más meridional de España, es un país que padece de intermitencia espiritual; lo más difícil es la acción continua, un día y otro y otro y al siguiente.

(continuará)
El Pueblo, 24 de febrero de 1909

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