150 años de caricaturas médicas en la RANM

Caricaturas de más de doscientos médicos se exponen en la sede de la Real Academia Nacional de Medicina en la calle Arrieta de Madrid. La nueva muestra que presenta la institución, con el patrocinio de Asisa, lleva por título 150 años de caricaturas médicas en España.

La presentación corrió a cargo de sus comisarios y también autores de la obra que se ha publicado sobre el tema, Manuel Díaz-Rubio (presidente de honor de la RANM) y Javier Sanz Serrulla (académico correspondiente), a los que acompañó el dibujante de El País José María Pérez González (Peridis). El visitante podrá observar obras de Fresno, los Cortiguera, Cerra, López-Motos, Vitín, etc.

En el libro Díaz-Rubio y Sanz Serrulla, junto a cada una de las caricaturas que aparecen, incluyen una pequeña nota biográfica que sitúa al personaje y su fotografía.

La muestra podrá visitarse hasta el día 17 de julio.

Cartel de la muestra

El primer ‘honoris causa’ de la Universidad Central

El 29 de Febrero de 1920 fue investido el primer doctor honoris causa de la Universidad Central (Madrid), el Dr. Avelino Gutiérrez. El acto se celebró en la sede de la calle de San Bernardo, que se encontraba adornada con “vistosas colgaduras y banderas”. Había muchos doctores que vestían traje académico. El acto fue presidido por en entonces rector Rodríguez Carracido. Junto a él se sentaron el Sr. Levillier, encargado de Negocios de la Argentina; los decanos de las Facultades y el Secretario de la Universidad, Sr. Castro.

Se leyó el documento que recogía el acuerdo del Claustro sobre conferir el grado al Dr. Gutiérrez, gracias al derecho que se había conferido a dicho Centro para otorgar la mencionada distinción. Entró después el Dr. Gutiérrez acompañado por los Dres. Planas, catedrático de Ciencias, y Suárez Guanes, del claustro extraordinario, precedidos por el maestro de ceremonias. Posteriormente el Decano de la Facultad de Medicina, Prof. Recaséns, leyó un discurso en el que presentaba al homenajeado resaltando sus méritos como hombre de ciencia, eminente cirujano y defensor de la cultura española y fomentador de los vínculos entre Argentina y España.

Luego el Rector, en nombre de la Universidad y en representación del Rey y del Ministro de Instrucción pública, colocó el birrete con la toga doctoral de Medicina al Sr. Gutiérrez. Éste pronunció a continuación un discurso de gratitud por la distinción de que había sido objeto, que no se atribuía a él sino a la cultura argentina que representaba. Siguió un breve discurso del Encargado de Negocios de la Argentina, Sr. Levillier. Cerró el acto el rector Carracido.

Avelino Práxedes Gutiérrez Fernández nació en San Pedro de Soba (Santander). Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Buenos Aires, que concluyó en 1890. Trabajó en el Hospital Álvarez, donde realizó la primera gastroenterostomía con éxito. Después lo hizo en el Hospital San Roque (Ramos Mejías) junto a Juan B. Justo. A partir de 1905 pasó al Hospital Español de Buenos Aires como cirujano, centro que llegó a dirigir. En cuanto a su labor docente, fue catedrático de Clínica Quirúrgica de la Facultad de Medicina de Buenos Aires introduciendo la práctica como principal medio de enseñanza.

Avelino Gutiérrez creó en 1912 la Institución Cultural Española y donó 12.000 pesetas a la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas de España, en memoria de Menéndez Pelayo y Ramón y Cajal.  Con esta suma se sostenían tres becas de 4.000 pesestas para que otros tantos españoles pudieran ampliar estudios en el extranjero durante un año. Repitió el gesto en 1913 y sucesivos.

La Institución Cultural Española invitó desde 1914 a profesores españoles para impartir conferencias y cursos en la Argentina a través de la Junta para la Ampliación de Estudios. Entre estos, figuras tan destacadas como Ortega y Gasset, Julio Rey Pastor, Menéndez Pidal, Pi y Súñer, Rodríguez Lafora, Río Hortega, Gustavo Pittaluga, Recaséns, Novoa Santos, Sánchez Albornoz, y Gregorio Marañón. Más tarde, en 1932 donó 25.000 pesetas al recién inaugurado Instituto Nacional de Física y Química.

Gutiérrez fue designado Cirujano maestro por la Sociedad Argentina de Cirugía. También fue miembro de la Academia Nacional de Medicina de Argentina. Falleció en Buenos Aires en 1946.

Bibliografía:

Avelino Gutiérrez. Biografías y Vidas. Consultado el 25/4/2012
Avelino Gutiérrez, En Wikipedia.  Consultado el 25/4/2012.
-Agüero, A.L.; Kohn Loncarica, A.G.; Sánchez, N.I.; Trujillo, J.M. Contribuciones originales de la medicina argentina a la medicina universal. Revista de Historia & Humanidades Médicas, 2007; 3(1).  Consultado el 25/4/2012.
-Asuntos varios de la actualidad madrileña. Mundo Gráfico, Año X, núm. 435, miércoles 3 de marzo de 1920.
-Crónica de la Semana. La Ilustración Española y Americana, 30 de enero de 1920, p. 50.
-En la Universidad Central. El primer título de doctor honoris causa. Homenaje a D. Avelino Gutiérrez. El Imparcial, Año LIV, Núm. 19.055. Martes 2 de marzo de 1920, p. 3.
-Ortega Munilla, J. Rasgos de España. El maestro Avelino. ABC diario ilustrado, viernes 6 de febrero de 1920, p. 3.

Lo que leía la generalidad en 1899

Me he encontrado con este gráfico informativo que se publicó en El Imparcial en 1899. Su títulko: Lo que lee la generalidad. Para muchos hoy sería una ‘infografía’. Hace referencia al género de libros que se leían en esa época. Me da la sensación de que apenas ha variado. Quizás deberíamos sustituir ‘novelas de folletín’ por bestsellers y libros de autoayuda.

¿Experiencias de telemedicina hace 81 años? (y IV)

Llegamos al final de esta pequeña serie de posts, en los que hemos podido comprobar cómo a principios de los años treinta se pensó en el ejercicio de la medicina a distancia gracias a las posibilidades que ofrecían las nuevas tecnologías de entonces. Sin lugar a dudas debió haber otras experiencias que desconocemos.

Después de lo que hemos leído, la idea parece que surgió de la docencia de la medicina. No es lo mismo describir un sonido que se escucha a través de un fonendoscopio de forma individual, que hacerlo a través de una grabación o de algún dispositivo que lo amplifique y lo haga audible a un conjunto de personas. Los profesionales de la medicina nunca han sido reacios a la utilización de nuevas técnicas para la mejora de la enseñanza. Incluso en España se utilizaron con mucha frecuencia las proyecciones fijas desde principios del siglo XX para ilustrar casos clínicos. Tan pronto como fue posible se recurrió también a la película, primero muda y después sonora. Asimismo, los médicos vieron muy pronto (en otra ocasión nos ocuparemos de ello) la utilidad que podía tener la radio para divulgar conductas higiénicas y preventivas.

Queda claro que fue el doctor Montellano el que pensó en la nueva posibilidad de transmitir sonidos a gran distancia, y lo hizo con médicos españoles. Por esa época ambas medinas, la argentina y la española, se respetaban mucho y eran frecuentes los viajes de profesionales en ambas direcciones.

Cerramos la serie con dos artículos que hacen referencia a la segunda experiencia. Llaman la atención tres hechos. Primero, que el doctor Calandre desaparece de escena; no sabemos porqué. Segundo, la gran cantidad de médicos que acudieron al edificio de la Compañía Telefónica; unos dos cientos, entre los que se encontraban importantes figuras de la medicina de la época. Tercero, el fracaso de esta segunda transmisión por motivos que no están claros. Reproducimos la noticia que publicó El Imparcial y el artículo que apareció en la revista Nuevo Mundo, con varias ilustraciones.

Tampoco sabemos, de momento, si se repitieron las transmisiones o no, o si dejaron de ser noticia para la prensa.

La auscultación oceánica
[C.S.A. El Imparcial, domingo 13 de julio de 1930]

El viernes a las 9 de la noche (hora de Madrid) se verificaron unos ensayos de auscultación a distancia en el local del piso 13 del rascacielos de la Compañía Telefónica, en donde en largas mesas se habían colocado auriculares individuales para que los médicos invitados pudieran simultáneamente observar el experimento. La curiosidad despertada por las noticias publicadas de otra sesión anterior, hizo que se congregaran más de doscientos médicos entre los que se encontraban lo más destacado de la Medicina madrileña, siendo imposible citar nombres para no incurrir en omisiones lamentables.

Por especial deferencia del señor Berenguer, ingeniero de la casa; los doctores Jiménez Díaz, de la Facultad de Madrid; Tapia del Hospital del Rey; Cifuentes, decano de Benecencia general; e Hinojar, presidente del Colegio de Médicos. Con motivo de una tormenta que estaba sobro Griñón, donde está situada la receptoría de la Telefónica se esperó cerca de una hora hasta que se estableció la comunicación con Buenos Aires y empezó la experiencia con unas amables frases del doctor Montellano autor del procedimiento de transmisión. El señor Intendente Municipal de Buenos Aires pronunció un discurso de salutación y empezó la parte interesante de la sesión con la transmisión de los ruidos cardíacos de un corazón normal.

Si nos atuviéramos al resultado de la experiencia, diríamos que fue un fracaso porque no se percibió claramente ninguno de los tonos que caracterizan, según los latidos cardíacos porque a pesar de que la sintonía era perfecta, según frase de los técnicos había un ruido extraño que dominaba todo de un modo continuo y monotónico que impedía precisar lo que se oía; a que sea esto debido no lo sabemos. Sin embargo de esta decepción, son experimentos éstos que deben continuarse, pues, hay que tener en cuenta que la amplificación necesaria para la transmisión a tanta distancia enmascara toda la audición, ampliando los ruidos que se desea apreciar y los indeseables, y en un asunto como la auscultación cardíaca, tan precisa y tan localizada, es de una dificultad extraordinaria el eliminar los ruidos extraños.

De todos modos como experiencia de transmisión y curiosidad científica, podemos decir que fue un éxito.

El lunes continuará el experimento, siguen invitados cuantos médicos deseen asistir.

Merece plácemes por sus esfuerzos, el doctor Montellano, de Buenos Aires, con sus colaboradores y la Compañía Telefónica por el Trabajo empleado y sus deferencias con los médicos de Madrid.

El subdirector de la C. Telefónica, Jiménez Díaz, Pedro Cifuentes, Adolfo Hinojar, y Manuel Tapia (de izqu. a dcha).

Una transcendental curiosidad científica. Un experimento médico efectuado entre Madrid y Buenos Aires
[Rosa Arcienaga de Granda. Nuevo Mundo, Año XXXVII, número 1.904, 18 de julio de 1930]

En ese constante ir y venir del hombre hacia lo imposible -lucha tenaz de inteligencia contra las fuerzas ciegas de la Naturaleza-, cada día queda señalado un nuevo jalón, una nueva ruta que deja al descubierto amplios horizontes llenos de posibilidades para un porvenir más o menos lejano.

Fue primero el telégrafo sin hilos, maravilloso invento de Marconi, que anulando las distancias y salvando por igual las altitudes de los montes y las inmensas llanuras de los mares, ponía en estrecha comunicación al navegante perdido en medio del océano con sus semejantes.

Fue más tarde la ‘radio’ llevando toda clase de sonidos musicales de un extremo a otro del planeta.

Hoy es algo más. El hombre ha querido que este medio de comunicación sirva no sólo para establecer conversaciones particulares o comerciales, sino que sea un poderoso auxiliar de la Ciencia en su aspecto más noble y humano: la Medicina.

Y he aquí que en un amplio salón, situado en el piso trece del grandioso edificio de la Compañía Telefónica, se han congregado alrededor de doscientos doctores para, después de auscultar a través del microteléfono a varios enfermos del corazón en Buenos Aires, dar el diagnóstico en cada uno de los casos.

Bello cuento de hadas en el siglo pasado, aun para imaginaciones tan calenturientas como la de un Julio Verne, convertido hoy en realidad.

Alguien ha dicho que los adjetivos han perdido, si no su valor cualificativo, al menos el encomiástico, y creo que es verdad. Vuelos sensacionales, carreras inauditas de resistencia o velocidad, heroismos diarios, hacen pasar ya inadvertidas ciertas hazañas que años atrás habrían adquirido caracteres de gesta gloriosa. Otro tanto sucede con intinidad de experimentos científicos llevados a cabo en la soledad de los gabinetes del sabio.

Merezca el de hoy un humilde comentario por nuestra parte.

LA TRANSMISIÓN DEL RITMO CARDÍACO A DISTANCIA
El doctor Montellano, ilustre médico de Buenos Aires, inventó hace algún tiempo un aparato, mediante el cual sus alumnos podían percibir las pulsaciones del corazón, de una sala a otra de su clínica, con sólo aplicar a su oído un  micrófono corriente (teléfono). Más tarde hizo experimentos a una mayor distancia, con feliz resultado, lo que le sugirió la idea de hacer pruebas con Europa. Naturalmente, fue a España a quien ofreció las primicias de su invento, y esta tarde, ante una gran concurrencia de médicos y algunos periodistas, empezaron los ensayos.

Sobre las mesas, que ocupaban totalmente el salón de la Compañía Telefónica, había distribuida una gran cantidad de micrófonos para ser utilizados por los asistentes, algunos de ellos doctores de tanto relieve como Juarros, Tolosa Latour, Nogueras, Verdés Montenegro, etc.

La mesa presidencial fué ocupada por el subdirector de la Compañía, señor Berenguer, y los médicos  Jiménez Díaz, catedrático de Patología de la Facultad de Medicina; Pedro Cifuentes, decano de la Beneficencia general; Adolfo Hinojar, presidente del Colegio de Médicos, y Manuel Tapia, director del Hospital del Rey. Alguien, al ver á los circunstantes sobre las mesas en un ademán de profunda atención, dejó escapar la especie de que ‘aquéllo’ parecía una sesión de esperitismo. Y, en efecto, algo de sobrenatural y misterioso tenía este experimento médico realizado a varios millares de kilómetros de distancia.

Una señal de atención, y en seguida estamos al habla con el doctor Montellano, en Buenos Aires. Saluda éste a los médicos españoles. Su voz resulta clara, potente, limpia. Verdaderamente hay que recurrir a un esfuerzo mental para suponer que esta voz parte del otro lado del Atlántico, desde una clínica situada en las afueras de la bella ciudad del Plata. Tras un breve saludo, el doctor Montellano cede la palabra al intendente municipal de Buenos Aires, señor Cantila, quien en elocuentes frases encomia la labor de los médicos españoles, cuyos profundos conocimientos y experiencia aguardan -dice- con el mismo santo interés con que reciben todo lo que llega de la Madre Patria.

Y a continuación empieza el experimento. A través de nuestros auriculares seguimos la conversación de los doctores Jiménez Díaz y Montellano. Éste nos anuncia que va a colocar ante el micrófono un caso anormal, para que después de oídas las palpitaciones cardíacas, los doctores de acá dictaminen sobre su enfermedad.

Pero la audición no resulta perfecta. Conjuntamente con los latidos se percibe un ruido constante, una especie de fragor de tormenta o de torrente caudaloso de aguas que impide seguir el ritmo de la pulsación.

El doctor Jiménez Díaz se lo comunica así, y colocan varios enfermos más, obteniendo el mismo resultado negativo.

La impresión general es de que el ruido se produce por la respiración, o tal vez por la circulación de la sangre, inconveniente difícil de obviar, ya que el micrófono colocado en el pecho del enfermo aumentará por igual todos los ruidos.

En un momento en que, a petición del doctor Jiménez Díaz, hacen abstenerse de respirar al paciente, la audición del ritmo cardíaco parece más perfecta; pero el ruido de fragor de torrente no se consigue eliminar.

Tras varias tentativas más, el experimento sigue sin dar resultados positivos, por lo que se suspende la sesión, después de haber devuelto afectuosamente el saludo el presidente de Colegio de Médicos de Madrid, doctor Hinojar.

LA IMPRESIÓN DEL DOCTOR JIMÉNEZ DÍAZ
Aprovecho un instante, terminada la sesión, para hacer algunas preguntas al catedrático señor Jiménez Díaz:

—¿Qué tal ha oído usted, doctor?

—Francamente, mal, y así me he visto en la necesidad de decírselo al señor Montellano. En estas cuestiones no se puede, como en otras muchas, decir simplemente por cortesía una cosa por otra. Ciertamente, que en algunos instantes me parecía percibir algo rítmico, que podían ser los ruidos del corazón; pero ese fragor adventicio me desorientaba por completo.

—¿Usted cree que se podrá perfeccionar ese invento hasta obtener una audición perfecta?

—Desde luego; eso se conseguirá, en cuanto se logre aislar los demás ruidos, el de la respiración, por lo menos, que, a mi juicio, era el que nos impedía oír.

—Y en ese caso, ¿se podrá diagnosticar á una distanciaa de miles de kilómetros, como la que nos separa de la Argentina?

—Es posible que sí. Pero el objeto de este invento, no siendo como una curiosidad científica creo que será casi nulo, porque un diagnóstico verdadero sólo viendo al enfermo puede darse.

—¡Según eso…?

—Yo miro esto como un pequeño paso, un ensayo de algo más grande que un día, indudablemente, habrá de hacerse, y a lo que el ilustre doctor Montellano ha empezado a contribuir desde este instante con su aparato retransmisor de los ruidos del corazón.

Ésta también parecía la opinión de los demás doctores, que formando corrillos comentaban el resultado negativo de la experiencia y la nuestra de simples periodistas y observadores,

Y como periodistas también, profanos en Medicina, nos atrevemos a brindar una idea al señor Jiménez Díaz para una próxima experiencia; ¿No se podría determinar si el fragor que dificultaba la audición era producido por la respiración o circulación de la sangre, indicando al doctor Montellano que colocara ante el micrófono un reloj para ver si el tic-tac de éste era limpio, como debe serlo el del corazón?

El resto de los médicos que siguieron el acontecimiento desde la sala de audiciones. Foto de Cortés

¿Experiencias de telemedicina hace 81 años? (III)

Viene de un post anterior.

Las revistas se hicieron eco también de la experiencia llevada a cabo entre el doctor Montellano, de Buenos Aires, y el doctor Calandre, de Madrid. En esta ocasión voy a reproducir la reseña de una revista dedicada al mundo de la radio, Ondas, que copia prácticamente el artículo de Félix Herce que se publicó en Sol. Asimismo no faltaron los acercamientos más satíricos como el que apareció en Muchas gracias. Revista cómico-satítica.

Las maravillas de la Ciencia. El doctor Calandre diagnostica desde Madrid a unos enfermos de Buenos Aires
[Félix Herce. Ondas, Año VI, número 264, 5 de Julio de 1930, p. 8]

El  redactor de “El Sol” don Félix Herce, publicó en dicho periódico madrileño, el jueves 26, una curiosa información, que reproducimos:

“Ayer mañana cuando se disponía a salir para pasar su consulta del Hospital de la Cruz Roja, recibió un aviso telefónico el doctor Calandre, por el que se se comunicaba que el doctor Montellano, de Buenos Aires, quería transmitirle una demostración de ruidos y tonos cardíacos desde la capital del Plata por medio de la radiotelefonía.

En la Compañía Telefónica esperaban al doctor Ca!andre, con los directores y alto personal, los doctores Pulido, Cortezo (V.), Ubeda, Cerrero y los médicos de la Compañía.

Para poder transmitir la interesante demostración científica cooperaba con la Compañía Telefónica Nacional la United River Plate Telephone Company.

El doctor Montellano explicó cómo transmitía la auscultación, valiéndose de un amplificador y con un micrófono puesto sobre el pecho del paciente, utilizando la radiotelefonía para la tranmisión a distancia.

La emoción de todos al escuchar los ruidos del primer corazón fue intensa; se oían claros, precisos, como si se auscultara directamente, sin ningún ruido intermedio que los desfigurara. Se trataba de un individuo normal, cuyo corazón mostraba una ligera taquicardia
(velocidad en el ritmo, cien pulsaciones al minuto). Esta velocidad era debida al estado de emoción del sujeto con el que se hacia la experiencia.

Después, el micrófono se apoyó sobre pechos enfermos. Los ruidos ya no eran normales. En unos, los latidos eran galopantes; en otros variaba la intensidad de unos a otros. Calandre fué escuchando atentamente los diversos enfermos, y pronunció el diagnóstico auscultatorio por el orden siguiente: insuficiencia aórtica, estrechez mitral, enfermedad de Hogdson e insuficiencia mitral. El asombro de todos fue grande cuando el doctor Montellano, con voz emocionada, confirmó en absoluto que los diagnósticos auscultatorios de Ca- landre correspondían con las fichas clínicas que leyó a continuación.

Seguidamente, el doctor Montellano presentó varios enfermos de aparato respiratorio, oyéndose claramente los ruidos clásicos de una bronquitis crónica y varios casos más de lesiones típicas pulmonares.

Terminó el doctor argentino por pronunciar unas cariñosas frases de saludo hacia la Medicina española.

Antes de abandonar al doctor Calandre conversamos brevemente con él. Se mostraba entusiasmado de la experiencia, a la que daba más valor como experiencia científica que como adelanto clínico, pues bien es sabido que para diagnosticar un proceso cardíaco no basta sólo el oír los ruidos del corazón; son muchos los datos clínicos que se necesitan para un perfecto diagnóstico. Pero como experiencia científica es asombroso, y es la primera vez que se realiza en España.

Con este motivo nos recordó que la amplificación de los ruidos del corazón, con fines docentes, por medio de las lámparas de tres electrodos, es un hecho realizado hace tiempo en Bruselas por Philippson.

Ya Calandre, en una de sus últimas conferencias, hablaba de esta amplificación y aun de algo más positivo: registrar los ruidos cardíacos en película sonora, trabajo que piensa emprender el próximo otoño en el Hospital de la Cruz Roja.

El suceso, aunque desconocido por el público, causó gran sensación en los que lo presenciaron, por lo que representa para la clase médica. Hemos de manifestar que dentro de breves días se repetirá, con la retransmisión de vanos casos de enfermos cardiacos y respiratorios de una clínica de Buenos Aires, explicando una lección el doctor Montellano”

Corazones por radio
[José Bruno. Muchas gracias. Revista Cómico-satírica, Año VII, Número 335, 12 de Julio de 1930, p. 19]

Hoy las ciencias adelantan de un modo que es la verdadera barbaridad. A nuestro eminente doctor Calandre le ha transmitido el doctor Montellano, desde Buenos Aires, el ruido de varios corazones. Un descubrimiento que parecería propio de los tiempos románticos. El mentado doctor bonaerense avisó a nuestro médico, y le dijo:

—A ver si oye usted este corazón de un amigo mío, que se halla presente aquí, en mi clínica…

Y valiéndose de un amplificador de radio, y poniendo un micrófono sobro el pecho del tal, hizo una demostración de ruidos y tonos cardíacos ¡desde la ciudad del Plata!, ya digo, ‘Nuestro doctor Calandre oyó latidos de un corazón normal, y luego, de diversos corazones enfermos.

La cosa era estupenda. Se había ideado e inaugurado una auscultación gigantesca, fenomenal: nada menos que la transmisión trasatlántica de latidos de corazones.

A mí se me antoja esa prueba científica el mejor acto llevado a cabo, hasta ahora, para el fomento de las cordiales relaciones hispanoamericanas ; y mientras no se haga esto un cansino tópico literario y oratorio, me seguirá pareciendo bello.

¿Qué cosas se derivarán de la prueba hecha? No se sabe.

Quizá, que un enfermo cardíaco, desahuciado aquí, pueda consultar al doctor Montellano; y un repudiado en la Argentina pueda consultar al doctor Calandre.

Yo lanzaría también la idea de que se estableciera un servicio de transmisión cordial entre enamorados a gran distancia.

Se oiría el siguiente o parecido despacho :

—Paca; oye cómo mi corazón palpita por ti… ¡ Plon, plon, plon… i

Paca respondería:

—Pues, escucha tú el mio… ¡ Plon, plin, plum!…

—¡ Pero, chica; tú debes ir al médico, porque tu corazón no me gusta nada!

—Es la emoción.

—Pues, allá va un beso… ¡¡Plum!!

Con este servicio original, el corazón que lata por otro corazón sabrá de la fidelidad, de la firmeza e invariabilidad con que el amado corazón lejano lata.

¿Les estoy dando a ustedes la lata? Pues, ahueco. A hueco me está sonando a mí toda esta monserga. El corazón me lo está diciendo, y lo oigo perfectamente.

En el siguiente post haré referencia a la segunda prueba que se llevó a cabo a primeros de julio.

¿Experiencias de telemedicina hace 81 años? (II)

Después del post de ayer, sigo aportando lo que otros diarios publicaron sobre la comunicación por radioteléfono entre el doctor Montellano, de Buenos Aires, y el doctor Calandre, de Madrid, en junio de 1930.

Los prodigios de la ciencia
[El Siglo futuro. Diario católico, 26 de junio de 1930]

Ayer circuló por Madrid la sorprendente noticia de que el doctor Calandre había diagnosticado desde esta capital a unos enfermos de Buenos Aires. El hecho se realizó como sigue:

Cuando se disponía a salir para pasar su consulta del Hospital de la Cruz Roja, recibió un aviso telefónico el doctor Calandre, por el que se le comunicaba que el doctor Montellano, de Buenos Aires, quería transmitirle una demostración de ruidos y tonos cardíacos desde la capital del Plata por medio de la riotelefonía.

Trasladado el doctor Calandre a la Telefónica, por medio de una amplificador y con un micrófono puesto sobre el pecho del paciente, utilizando la radiotelefonía para la trasmisión a distancia, hizo el diagnóstico. La emoción de todos al escuchar los ruidos del primer corazón fue intensa; se oían claros, precisos, como si se auscultara directamente, sin ningún ruido intermedio que los desfigurara. Se trataba de un individuo normal, cuyo corazón mostraba una ligera taquicardia (velocidad en el ritmo, cien pulsaciones al minuto). Esta velocidad era debida al estado de emoción del sujeto con el que se hacía la experiencia.

Después el micrófono se apoyó sobre pechos enfermos. El asombro de todos fue grande cuando el doctor Montellano con voz emocionada, confirmó en absoluto que los diagnósticos auscultatorios de Calandre correspondían con las fichas clínicas que leyó a continuación.

Seguidamente el doctor Montellano presentó varios enfermos del aparato respiratorio, oyéndose claramente los ruidos clásicos de una bronquitis crónica y varios casos más de lesiones típicas pulmonares.

Terminó el doctor argentino por pronunciar unas cariñosas frases de saludo hacia la medicina española.

Por su parte, el Heraldo de Madrid mandó a un repórter (como se decía entonces) a que entrevistara a Calandre en su consultorio. Llama la atención la forma de plasmar el diálogo, muy diferente a la actual. Se publicó en portada con una fotografía de Luis Calandre Ibañez. Es es la transcripción:

El reporter en la sala de espera
El Doctor Calandre cuenta al Heraldo cómo ha oído latir desde Madrid el corazón de unos enfermos de Buenos Aires
La amplificación de los ruidos cardíacos no es precisamente un hecho nuevo
Ahora se harán con esos ruidos hasta películas sonoras
[J.L.S. Heraldo de Madrid, jueves 26 de Junio de 1930]

SALA DE ESPERA
Sala de espera del doctor Calandre. Aquí cabría aplicar ese procedimiento periodístico del sumario—tantas sillas, tantos almohadones, tantos cuadros—que no es grato a mi admirado amigo el Sr. Jiménez de Asúa. Pero esta sala no se presta a la literatura puntillista: de tal modo se halla desnuda de todo adorno suntuario. Aquí, un repórter, por enamorado del detalle que sea, tiene que resignarse a examinar, con ojos de indiferencia, a los demás enfermos que aguardan en esta tarde pesada de verano. Fíjese el amable lector en que hablo de los demás enfermos: de los demás. Es decir, que uno, en fuerza de esperar en esta salita llega casi a considerarse como otro enfermo que aguarda pacientemente su turno. Como a Espronceda, a uno empieza a dolerle el corazón.
Hasta que el doctor abre la puerta de su despacho:
—¡ Primero !
El repórter se pone en pie.
—¡ Servidor !
Y luego, un poco azorado:
—Perdóneme usted, doctor… Porque a mí no me duele nada… Sí; ahora que caigo… Yo venía a hacerle a usted una interviú.

INTERVIU
El doctor Calandre — menudo, afable, con unas gafas de concha que le dan cierto aire entre oriental y grave, de estudiante que acaba de venir de Kioto—me dice :
—Lo que cuenta Félix Herce en ‘El Sol’ es verdad. Efectivamente, ayer me avisaron de que el doctor Montellano, de Buenos Aires, quería transmitirme por medio de la radio-telefonía una demostración de ruidos y tonos cardíacos desde la ciudad del Plata. Y así fue Montellano, valiéndose de un amplificador, y con un micrófono puesto sobre el pecho del paciente, me transmitió, con ayuda de la radio, su auscultación. Primero escuché los latidos de un corazón normal, si acaso con una ligera taquicardia.
—Velocidad, precipitación en el ritmo, ¿no ?
El doctor asiente :
—En efecto.
—¿Y por qué?
—La emoción del instante. Compréndalo usted.
—De acuerdo.
—Después—sigue Calandre—el micrófono del doctor Montellano se apoyó sobre pechos enfermos. Los ruidos ya no eran normales. Yo, reloj en mano, fui diagnosticando, y le mentiría a usted si no le dijese que yo tampoco pude hurtarme entonces a la emoción del momento.
—¿Es ésta la primera vez que se realiza tal experiencia en España!
—La primera.
—¿Y qué valor le concede usted?
El doctor Calandre no se muestra, a lo que parece, muy entusiasmado.
—Pues un valor—dice—más científico que médico.
—¿Y por qué no médico?
—Sencillamente, porque ahora diagnosticar un proceso cardíaco no es bastante oír los ruidos del corazón. Haga usted hincapié en este punto. Me interesa. De Asuero a acá, la gente está siempre pidiendo milagros a la medicina. Además, que la amplificación de los tonos cardíacos no es una novedad. ¿Usted ha oído hablar de las experiencias de Philippson?
— No
— Pues Philippson, en Bruselas, amplificó los ruidos cardíacos por medio de lámparas de tres electrodos. Yo escuché esta amplificación en 1921. De modo que, para mí, la experiencia de ayer no ha sido precisamente un hecho nuevo. Lo nuevo sí ha sido la transmisión trasatlántica. Que ya está bien, ¿no le parece a usted?
— Y tanto.
—Otra cosa: las amplificaciones de los ruidos cardíacos pueden ser registradas ahora sobre discos de fonógrafo. Y, claro, así hasta se pueden hacer películas sonoras.
—En estas películas, ¿cómo suenan los ruidos del corazón?
—Pues cada ruido suena como un puñetazo contra la pared. Esto, naturalmente, no tiene sino un posible interés científico. Nada más.

Un golpe de nudillos en la puerta del despacho:
—Adelante.
El criado del doctor:
—Le llaman por teléfono desde Córdoba.
Calandire, al teléfono:
—Sí, sí… Es cierto. Pero, vamos, se trata de una experiencia sin valor médico… Créame usted. Una simple experiencia.
Cuelga el auricular y viene hacia mi:
—¿Ve usted por qué conviene dejar bien sentadas las cosas? Los enfermos sueñan siempre con el milagro que puede aliviarles, y es muy difícil llevar hasta ellos la certidumbre de que los milagros no caben en el siglo XX… Acaso dentro de una semana se repita la transmisión trasatlántica. Yo la espero ya con impaciencia. Pero sin demasiado entusiasmo, créame. En realidad, nada puede sustituir a lo que oye un clínico habituado.
Me levanto.
—Bien, doctor. Muchas gracias.
—¿Quería usted algo más?
—No, doctor. Me voy. Pero todavía oigo a Calandre en la puerta que da a la sala de espera:
—¡El primero!
Una voz:
—¡Yo!
Pausa. Al cabo, la misma voz:
—¡Enhorabuena, doctor! Ya me he enterado…

[Continuará…]

¿Experiencias de telemedicina hace 81 años? (I)

Hace 81 años se realizaron entre España y Argentina experiencias en el campo de lo que conocemos como telemedicina. En la actualidad lo relacionamos con Internet, igual que sucede con la enseñanza a distancia. Sin embargo, antes de la invención de la Red, se experimentó con otros medios como la telefonía, la radio, la televisión, etc., con fines clínicos.

Sin tener mucha información histórica sobre el tema concreto de la medicina, quiero traer un ejemplo muy significativo que atañe a Madrid y Buenos Aires y, en concreto, a los doctores Calandre y Montellano, respectivamente. El primero es Luis Calandre Ibañez (Cartagena, 1890 – Madrid, 1961), quien durante sus estudios de medicina entró en contacto con Cajal, Achúcarro y Madinaveitia, entre otros.  Se especializó en cardiología. Desde su creación entró en contacto con la Residencia de Estudiantes, de la que fue médico a su regreso de Berlín, donde amplió estudios. Fundó y dirigió el Laboratorio de anatomía microscópica de esta Institución. En 1925 fue nombrado Médico Consultor Especialista de Enfermedades del Corazón del Hospital Central de la Cruz Roja, más conocido como de San José y Santa Adela. Dos años más tarde fue médico de número en el Hospital-Escuela de la Cruz Roja de Madrid. En 1937 pasó a dirigir el Hospital de Guerra de Carabineros que pasó a ocupar las instalaciones de la Residencia de Estudiantes. Tras la guerra fue procesado por un Tribunal de Responsabilidades Políticas y sometido a dos consejos de guerra. Del primero fue absuelto. En el segundo fue condenado a doce años y un día, quedando la pena en seis años y un día. Fue inhabilitado por el Colegio de Médicos de Madrid para el ejercicio de la profesión por un periodo de cinco años. Del doctor Montellano, de Buenos Aires, no tengo de momento más información.

Dejemos que la prensa de la época cuente los acontecimientos a los que me he referido al inicio de este post.

Las maravillas de la Ciencia
El doctor Calandre diagnostica desde Madrid a unos enfermos de Buenos Aires
[Félix Herce. El Sol, jueves 26 de junio de 1930]

Ayer mañana, cuando se disponía a salir para pasar su consulta de la Cruz Roja, recibión un avido telefónico el doctor Calandre, por el que se le comunicaba que el doctor Montellano, de Buenos Aires, quería transmitirle una demostración de ruidos y tonos cardíacos desde la capital del Plata por medio de la radiotelefonía.

En la Comnañia Telefónica esperaban al doctor Calandre, con los directores y alto personal, los doctores Pulido, Cortezo (V.), Ubeda, Cerrero y los médicos de la Compañía.

Para poder trasmitir la interesante demostración científica cooperaba con la Compañía Telefónica Nacional la United River Plate Telephone Company.

El doctor Montellano explicó cómo trasmitía la auscultación, valiéndose de un amplificador y con un micrófono puesto sobre el pecho del paciente, utilizando la radiotelefonía para la trasmisión a distancia.

La emoción de todos al escuchar los ruidos del primer corazón fue intensa; se oían claros, precisos, como si se auscultara directamente, sin ningún ruido intermedio que lo desfigurara. Se trataba de un individuo normal, cuyo corazón mostraba una ligera taquicardia (velocidad en el ritmo, cien pulsaciones al minuto). Esta velocidad era debida al estado de emoción del sujeto con el que se hacía la experiencia.

Después el micrófono se apoyó sobre pechos enfermos. Los ruidos ya no eran normales. En unos, los latidos eran galopantes; en otros variaba la intensidad de unos a otros. Calandre fue escuchando atentamente los diversos enfermos, y pronunció el diagnóstico auscultatorio por el orden siguiente: insuficiencia aórtica, estrechez mitral, enfermedad de Hogdson e insuficiencia mitral. El asombro de todos fué grande cuando el doctor Montellano, con voz emocionada, conflrmó  en absoluto que los diagnósticos auscultatorios de Calandre correspondían con las fichas clínicas que leyó a continuación.

Seguidamente el doctor Montellano presentó varios enfermos de aparato respiratorio, oyéndose claramente los ruidos clásicos de una bronquitis crónica y varios casos más de lesiones típicas pulmonares.

Terminó el doctor argentino por pronunciar unas cariñosas frases de saludo hacia la Medicina española.

Antes de abandonar al doctor Calandre conversamos brevemente con él. Se mostraba entusiasmado de la experiencia, a la que daba más valor como experiencia científica que como adelanto clínico, pues es bien es sabido que para diagnosticar un proceso cardíaco no bastas sólo el oír los ruidos del corazón; son muchos los datos clínicos que se necesitan para un perfecto diagnóstico. Pero como experiencia científica es asombroso, y es la primera vez que se realiza en España.

Con este motivo nos recordó que la amplificación de los ruidos del corazón, con fines docentes, por medio de las lámparas de tres electrodos, es un hecho realizado hace tiempo en Bruselas por Philippson.

Ya Calandre, en una de sus últimas conferencias, hablaba de esta amplificación y aun de algo más positivo: registrar los ruidos cardíacos en película sonora, trabajo que piensa emprender el próximo otoño en el Hospital de la CruzRoja.

El suceso, aunque desconocido por el público, causó gran sensación en los que lo presenciaron, por lo que representa para la clase médica. Hemos  de manifestar que dentro de breves días se repetirá con la trasmisión de varios casos de enfermos cardíacos y respiratorios de una clínica de Buenos Aires explicando una lección el doctor Montellano.

Radiotelefonía. La Radio y la Medicina
[La Libertad, 27 de junio de 1930]

Una vez más la radio ha servido al médico para llevar sus auxilios a larga distancia; pero en esta ocasión concurren circunstancias especiales, que aumentan por modo extraordinario el interés del hecho.

El doctor Montellano, de Buenos Aires, ha celebrado una consulta con el doctor Calandre, de Madrid, valiéndose de una transmisión inalámbrica y utilizando además las líneas telefónicas ordinarias.

El doctor Calandre ‘auscultó’ desde Madrid a varios pacientes enfermos del corazón.

La transmisión de los ruidos y toses cardíacas fue hecha colocando un micrófono sobre el pecho del enfermo y empleando potentes amplificadores.

En Madrid, el doctor Calandre, en presencia de los doctores Pulido, Cortezo, Úbeda y de los médicos de la Compañía Telefónica, donde todos se hallaban, escuchaba emocionado los diversos ruidos y hacía sus diagnósticos, que inmediatamente fueron confirmados por el doctor Montellano.

Por modo análogo fueron examinados desde Madrid enfermos del aparato respiratorio.

Al final de estas experiencias tan interesantes, el doctor Montellano hizo grandes elogios de los médicos españoles, y el doctor Calandre hizo constar que la experiencia tenía gran valor como ensayo de orden científico, aunque en realidad no fuera suficiente la sola auscultación del corazón para fijar un diagnóstico preciso.

El doctor Calandre se propone registrar los ruidos del corazón por medio de películas sonoras.

Nos felicitamos de que en España se realicen estas experiencias, que marcan una aplicación interesantísima de la telefonía.

Edificio de la Telefónica, desde donde se efectuó la transmisión