Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 21

Insertamos, a continuación, la primera parte de la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia. Lo hizo para el Ateneo Científico, pero el acto se celebró en el Paraninfo de la Universidad.

Por creerla de verdadero interés, nos complacemos en reproducir íntegra la conferencia que pronunció D. Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad Literaria, el día 23 del pasado Febrero.

Después del breve y elocuente discurso de D. Tomás Jiménez Valdivieso, ilustrado y cultísimo presidente de dicho Ateneo, sobre el carácter del pueblo valenciano y elogiando al ilustre rector de la Universidad de Salamanca, se expresó éste del modo siguiente:

“Señoras y señores: Lo primero es una cuestión de método, y es que os pido permiso para sentarme. Hablando sentado me parece que lo hago en cátedra y se establece una mayor intimidad, algo más familiar, y sobre todo, volvemos a la costumbre que tenemos los que a la cátedra nos dedicamos. Hecha esta observación y pedida vuestra venia, hablaré sentado.

Yo agradezco mucho al señor presidente de este Ateneo las palabras de cariño y de afecto que me ha dirigido, y agradezco también mucho este saludo que ha dirigido, aprovechando esta ocasión, al país en que yo vivo, aunque no sea mi país nativo, a Castilla, en el cual han nacido casi todos mis hijos y he acabado por connaturalizarme casi por completo.

Y viniendo ya a esto, no quiero dejar pasar un recuerdo; y es que de allí de la ciudad en que yo vivo ya hace años, y con la cual he acabado por connaturalizarme grandemente, en espíritu, vino a esta ciudad de Valencia uno de los hombres que más lustre dio aquí a las ciencias, que fue Pérez Pujol. Este es por lo menos uno de los lazos más íntimos y más nobles que puede unir a dos pueblos, al haber venido de allí un hombre de aquella naturaleza; ójala tuviéramos allí la dicha de poder recibir un hombre análogo de esta región que llevara otro espíritu y otra concepción distinta de las cosas, que siempre el que va a un país trayendo algo diferente, enriquece la cultura grandemente.

Y ahora ya, a los que anoche estuvieron aquí y pudieron oír de las cosas que, muy de prisa y siempre con el temor de alargar, yendo cortando, iba diciendo: he de advertirles que quería que fuese una especie de continuación, en otro tono, sobre otro terreno, algo que en orden de aplicación, y viniendo a cosas más candentes, que no se podían entonces indicar, porque tratándose de un homenaje y un homenaje de cierta nobleza, no cabe sin hacerle que degenere, descender a cierto terreno, hoy hablaba con un final y como un ensueño o una ilusión inspirada en el sentimiento y en el conocimiento de lo que es el proceso evolutivo de las especies y de los pueblos y de la necesidad que hay de crear una conciencia colectiva, porque, y he de repetir ciertas cosas, es imposible que la evolución de los individuos haya terminado, yo creo que no, que un hombre moderno no sea íntimamente, en cuanto a organización, superior a un griego de tiempo de Pertoles, o a un romano de la época de Augusto; pero lo que es indudable, es que nos encontramos con más medios y que se ha creado todo un conjunto de instituciones, de útiles de trabajo, que nos ponen en disposición de trabajar como ellos no podían.

Un hombre moderno recibe una lección científica, recibe unos instrumentos, microscopio, telescopio, toda clase de útiles de trabajo que le ponen en un breve tiempo a una altura que antes no podían, recibe el legado de las generaciones y esto permite que empiece ahora lo que alguien ha llamado una evolución superorgánica, la evolución de las sociedades, que todavía son casi gérmenes de sociedades.

Decía aquí el señor presidente del Ateneo, que se alegraba de que vengan ciertas personas; aquí prescindo de los epítetos más o menos significativos, que se apliquen a conocer a este pueblo singular, que suponían, y acaso con razón, que no es bien conocido fuera de aquí. Yo así lo creo también. Raro es que el pueblo que es bien conocido; una de las cosas más difíciles, aún más que conocer a un hombre, es conocer a un pueblo.

Un humorista norteamericano, Oleborrvel de Boll, tiene en uno de sus libros uno verdaderamente humorístico, pero de un gran sentir, y es que hablando dos sujetos, de pronto interrumpe y dice: Entonces uno de los seis… -dirá el lector: ¿seis? ¿no quedamos en que había dos?- Dice él: no, donde quiera que hay dos dialogando hay siempre seis: por ejemplo: son Juan y Tomás, y hablando hay el Juan, el Juan de Juan, y el Juan de Tomás; Tomás, el Tomás de Tomás y el Tomás de Juan. Yo tal cual soy, yo tal cual me creo ser, yo tal cual vosotros creéis que soy son tres, y hay una serie de acciones y reacciones entre estos tres porque es probable que si la idea que de mí tengáis vosotros, por uno u otro medio adquirida, es falsa, la idea que yo de mí mismo tenga puede ser tan falsa también, y lo mismo sucede con los pueblos; y creo yo, y me parece suponer que ha de haber tres Valencias: la Valencia tal cual és, la Valencia tal cual los valencianos creen que es y la Valencia tal cual la creen los de fuera. Para los de fuera, no os debe extrañar, lo habréis oído muchas veces, y el que no lo haya oído antes lo oirá por lo menos hoy. Pasa por ser un pueblo dominado por el instinto y por la pasión y no con grandes dotes reflexivas. Esta es la verdad, sea lo que fuere de la realidad.

El reino del instinto es una de las cosas más difíciles, más fácil por otra parte de  execrarlo, y sin embargo tiene mucha más defensa de lo que se cree. Son embargo, entrando en esto del instinto, el instinto no es siempre primitivo, muchas veces los actos que se llaman en los animales, en el hombre mismo y aún en las sociedades, insttintivos, no son más que detritus de las cosas que en un tiempo fueron racionales, cosas que en un tiempo se hicieron reflexivamente y han venido rodando poco a poco, hasta hacerse de una manera maquinal e instintiva.

Son lo que de una manera técnica y estricta se pueden llamar y es, el valor que tiene la palabra superstición; la superstición es un resto, es una escurridura, es por ejemplo un dogma que un tiempo estuvo vivo, que quiso decir algo, que respondió a un estado de conciencia y hoy no es más que una cosa vacía de contenido, un caparazón sin carne ninguna, o una de esas hojas que colocan los enamorados dentro de los libros y que con el tiempo se seca, pierde el perfume y pierde la vida (Muy bien).

Por otra parte, este instinto que se guía por la pasión que lo personaliza todo inmediatamente, no es tan pernicioso como se cree. Hace ya algunos años, en una revista, por ahí publiqué yo un cierto ensayo sobre el ‘funalismo’ defendiéndole, diciendo que no tenía nada de extraño que las gentes dieran más importancia a las personas que a las ideas, pues la experiencia propia me ha enseñado que las ideas,  me han engañado más veces todavía que las personas. (Risas). Y además, una idea, eso que llamamos aquí una idea, suele ser una cosa muy abstracta, muy escolástica, metida dentro de unas formas muy rígidas y de las cuales difícilmente se extrae una aplicación inmediata. Una vida y un hombre, y cuando es un hombre, que esta en una gran dificultad, cuando es un verdadero hombre, es una idea tan rica como cualquiera, exactamente lo mismo. Después de todo, el valor vital que ha tenido el cristianismo, es el haber sido fundado sobre una persona más que sobre una doctrina y ser el culto, no como puede ser el del budismo, por ejemplo, de una cantidad de principios filosóficos, sino de un hombre, de la vida de un hombre, y haber adquirido todo el valor de la manera como aquel hombre sembró su vida y sembró su muerte.

Y esto de que se agreguen y de que se agarren las personas a los hombres, más que a las ideas abstractas, es mucho más natural cuando se encuentra uno con un pueblo que tiene una cierta naturaleza de lo que llamamos ordinariamente artística, con una relativa incapacidad para la abstracción y por el cual las ideas no adquieren valor, sino cuando se encuentran encarnadas en formas concretas, en formas artísticas y sobre todo en hombres vivos que respiran y que se mueven. Tiene, sin embargo, esta concepción estética del mundo, porque en el fondo es una concepción estética, sus quiebras y quiebras muy malas. Los individuos y lo mismo los pueblos que los individuos, que se dejan guiar por concepciones estéticas, que tienen una visión artística, acaban por ver el mundo de una manera cinematográfica, no ligan, no atan, les falta un cierto principio de continuidad, no hay un hilo, no hay algo que vaya enlazando sus distintas impresiones y caen con mucha frecuencia en la intermitencia.

Y este, no digo Valencia, casi toda España, sobre todo la parte más meridional de España, es un país que padece de intermitencia espiritual; lo más difícil es la acción continua, un día y otro y otro y al siguiente.

(continuará)
El Pueblo, 24 de febrero de 1909

Technorati Tags: Charles Darwin, Homenaje, Universidad de Valencia, Historia de la medicina

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