Nuevos hábitos en la comunicación científica: el caso de #arseniclife

Antes de que finalizara el año 2010 una noticia saltó a la prensa. En España, Público hablaba de Hallada una nueva forma de vida en la Tierra. El País titulaba Una bacteria adaptada al arsénico ensancha los márgenes de la vida. “En el californiano lago Mono, de aguas muy saladas y ricas en arsénico, unos científicos han descubierto unas bacterias para las que ese elemento no es un veneno. Al contrario, la GFAJ-1 puede vivir con él y lo asimila en sus biomoléculas vitales, incluido el ADN, ocupando el lugar del fósforo”. Los científicos responsables del hallazgo están dirigidos por Felisa Wolfe-Simon, del Instituto de Astrobiología de la NASA. De esta forma podía ampliarse el número de planetas en los que buscar trazos de vida.

La NASA anunció con mucho misterio el acontecimiento; es más, dijo que se iba a presentar un descubrimiento que guardaba relación con temas alienígenas. Esto levantó muchas expectativas. Sin embargo, los detalles y  el artículo original estaban sometidos a embargo por parte de Science, donde tenía que publicarse. Sólo los medios autorizados pudieron comprobar que el artículo no contenía nada referido a la vida extraterrestre. Pero la noticia ya se había difundido por todos los medios del mundo.

Science se vio obligada a enviar a sus suscriptores un mensaje en el que se desmentían los rumores o especulaciones que habían aparecido en Internet y en los medios. Finalmente se publicó el artículo en versión web (Sciencexpress 2 December 2010), pero no en papel. (“A Bacterium That Can Grow by Using Arsenic Instead of Phosphorus”). Muchos investigadores empezaron a opinar en sus blogs y señalaron que las pruebas aportadas no eran cocncluyentes. Algunos señalaban que la incorporación del arsénico al ADN sólo se produce en algunos tramos de la cadena. Otros afirmaban que simplemente se había descubierto una nueva bacteria extremófila que podía ser forzada a sustituir el fósforo por arsénico, lo que no constituía ningún descubrimiento sorprendente y mucho menos del mundo extraterrestre. Es más, parece que en el Universo hay mucho más fósforo que arsénico. Los autores se negaban a entrar en polémicas si no se hacían por el procedimiento habitual.

Todo esto llevó a muchos a criticar a la NASA que busca conseguir financiación. Parece, además, que este comportamiento no es nuevo. En otra ocasión, el propio director del Organismo dio una rueda de prensa en la que anunciaba la existencia de microorganismos procedentes de Marte.

Ayer Science publicó en red una serie de réplicas independientes que arrojan serias dudas sobre los hallazgos de Wolf Simon y su equipo, y la contrarréplica de éstos. De todas formas, la versión impresa, que incluirá el artículo original, aparecerá el próximo 3 de junio. Entre los críticos, Steven A. Benner, del Instituto Westheimer para Ciencia y Tecnología en Gainesville, Florida, y Patricia L. Foster, de la Universidad de Indiana en Bloomington. La batalla entre científicos está servida. Rosie Redfield, de la Universidad de la Columbia Británica (Canadá), otra de las autoras de los comentarios, ya ha contestado y hecho nuevas aportaciones en el día de ayer y en el de hoy (27 y 28 de mayo) en su blog RRREsearch.

Pero todos estos detalles pueden seguirse mejor o peor a través de las revistas científicas, los medios de comunicación y la Red. Ya sabemos cómo funciona la publicación de los trabajos científicos, su supuesta rigurosidad, la revisión por pares, las revistas de “prestigio”, etc. Pero ahora está claro que la red ha abierto nuevas posibilidades que son utilizadas con naturalidad por amplios sectores de la población. Sin embargo, las empresas con importantes negocios que controlan las publicaciones científicas no están por la labor si no controlan el proceso, y una buena parte de científicos tampoco. Desde que se produjo la noticia el año pasado  —según algunos—, Science ha alimentado el mantenimiento de rumores y ha sido un lastre en todo el proceso.

¿Dónde se ha producido, pues, ese debate de seis meses? Una buena parte en Twitter con el hashtag #arseniclife. Carl Zimmer publicó ayer en Slate un largo artículo: The Discovery of Arsenic-Based Twitter. How #arseniclife changed science. Los que conozcan Twitter saben que la información fluye a toda velocidad sin ningún tipo de censuras y sin que una editorial decida si determinadas críiticas a un estudio científico se publican o no. Sucede lo mismo con acontecimientos que podrían ser relegados a un ámbito local y, por este medio, llagan a acaparar la atención de todo el mundo. En Twitter se pueden desmentir comunicados oficiales y mantener discusiones y debates sobre cualquier tema, frívolos o con argumentos que muestran gran preparación y talento.

Sin lugar a dudas, por mucha resistencia que muestren algunos, las nuevas posibilidades que ofrece la red para discutir cualquier tema, incluida la ciencia, se están haciendo un hueco cada vez mayor. Una vez que los trabajos han visto la luz, están sometidos a discusión permanente no por personas anónimas sino por quién quiera. De esta forma, en temas científicos la discusión puede abarcar todo el proceso. Quizás en el futuro, los historiadores nos refiramos al “caso de las bacterias del arsénico” como uno de los primeros de alto nivel científico que se discutió en las redes sociales y en concreto en Twitter. Estamos en el momento en el que los medios tradicionales y los nuevos se ven obligados a convivir.

En el mismo hashtag de #arseniclife aparecen ahora muchos twits sobre el tema de la publicación científica incluido el artículo de Carl Zimmer mencionado. He aquí unos ejemplos de esta misma tarde:

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Social media changing speed of scientific criticism #arseniclife via @slate slate.me/jQznV1
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Towards a new kind of #peerreview? bit.ly/l2ibgy #science @kevinmcinerney3 @b_m_hughes #arseniclife
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How bloggers-in-pajamas changed science. t.co/XsQvZNO #arseniclife great article by @carlzimmer
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Arsenic-based life critiques published. How #arseniclife changed science. – By Carl Zimmer – Slate Magazine – goo.gl/AlHot

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