El ‘606’ en ‘El Liberal’ (I)

El Liberal fue un diario de la mañana, de Madrid, que surgió de una escisión de periodistas republicanos de El Imparcial.  Comenzó a publicarse el 30 de mayo de 1879 y parece que continuó  haciéndolo hasta 1939. En el siglo XX tuvo ediciones en varias capitales, como Barcelona, Bilbao, Murcia y Sevilla.

En el mismo se da cumplida cuenta de cómo se introdujo el ‘606’ o salvarsán en España. Se trasciende la mera noticia y su redacción se decanta por artículos escritos por los propios protagonistas o por médicos. Algunos destilan apasionamiento y proporcionan al lector una excelente información. A unos cuantos médicos el hallazgo del salvarsán les sorprendió en los países de habla alemana. Otros fueron comisionados para trasladarse de inmediato a Alemania, estudiar el tema, aprender la técnica y traerse el nuevo medicamento.

Este es un dato más que contradice la idea de un inmovilismo de la medicina española durante las dos primeras décadas del siglo XX. Si durante el siglo XIX la medicina francesa había ejercido una poderosa influencia en la nuestra, a finales del periodo decimonónico y en los primeros años del siglo XX eran conscientes de que el centro de la actividad científica se había desplazado a Alemania. Como se puede leer en alguno de los artículos, el alemán era todavía una lengua poco conocida entre los médicos españoles y, por tanto, una dificultad. La situación, como sabemos, cambió posteriormente.

El contenido refleja también que los médicos tenían la idea clara de que había comenzado una nueva etapa en la historia de la farmacología: la quimioterapia, término que ya utilizan. Se muestran sin embargo muy cautos. La sífilis se presentaba entonces en sus tres etapas, el mercurio era de difícil manejo, y las lesiones de la sífilis secundaria y terciaria se manifestaban ‘en todo su esplendor’. No es raro, pues, que las inyecciones de salvarsán y la mejoría espectacular que experimentaban algunos casos en cuestión de días, les sorprendiera. También dejan testimonio de las dificultades que suponía administrar el nuevo medicamento y puntualizan sobre la técnica tras leer en otros diarios errores al respecto.

Aprendida la técnica y con el medicamento en el equipaje, llegaron a España y lo aplicaron de einmediato como ya hemos visto en artículos sobre el tema de otras publicaciones.

El Liberal comenzó a publicar noticias y artículos sobre el 606 y Paul Ehrlich en septiembre de 1910. Durante el verano ya había médicos españoles en Alemania aprendiendo sobre la novedosa sustancia y su técnica de administración. Los hemos recogido todos hasta el 31 de diciembre de ese mismo año.

El ‘606’ en España

Sr. Director de El Liberal

Poco aficionado a publicaciones que pudieran interpretarse en cierto sentido, nada había aún escrito sobre el renombrado 606, a pesar de llevar veinte días en Madrid de vuelta de Austria y Alemania, donde había permanecido desde la última quincena de junio hasta finales de agosto, comisionado por el Gobierno en calidad de médico mayor del Cuerpo de Sanidad Militar, para hacer estudios sobre la sífilis en aquellos países; nada pensaba tampoco decir hasta tanto hubiera terminado la Memoria que con este objeto estoy escribiendo, y tuviera en mi poder el medicamento que hace ocho días pedí directamente al doctor Ehrlich, siguiendo las instrucciones que me comunicó el profesor de la Universidad de Viena doctor Finger; pero al leer el artículo que a esta cuestión dedica el ‘A B C’, no puedo menos de coger la pluma para desechar ciertas equivocaciones, e ir por los prestigios del Cuerpo médico español en general y, en particular, del de Sanidad Militar, al que tengo la honra de pertenecer.

Conviene, ante todo, una pequeña indicación que debe saberse: el sabio profesor de la Universidad de Francfort, doctor Ehrlich, es un hombre de laboratorio, que al descubrir un producto cualquiera y convencerse de que no resulta peligroso por experiencia hechas primero en animales y después en hombres, lo entrega a los jefes de clínica de más confianza, no de Francfort, sino del mundo entero, para que éstos lo apliquen y le envíen las historias detalladas de los enfermos tratados; lo mismo que son los otros productos descubiertos por él ha pasado con el ‘606’; una vez convencido de su bondad lo ha enviado a todos aquellos hombres de fama universal en los que tenía confianza que habían de seguir haciendo las experiencias con toda escrupulosidad; así ha ocurrido con los profesores Lesser, de Berlín; Finger, de Viena; Palmaroli, de Milán; Bekett, de Londres, etc. etc. Con esto queda demostrado que no siendo ésta una operación que hace directamente el doctor Ehrlich, sino que consistiendo sólo en la aplicación de un producto que sale de su laboratorio, no solamente no es necesario ir a Francfort, sino que puede estudiarse y verse mejor en aquellas poblaciones en las que, no existiendo tanta aglomeración de médicos, como forzosamente tiene que haber en aquel punto, puedan, sin embargo, disponer, como ocurre en Viena y Berlín, de todo el medicamento necesario, más mayor número de enfermos.

Según real orden de 7 de Junio último, fui comisionado, como digo anteriormente, por el Gobierno de S.M. para hacer estudios sobre la sífilis en Austria y Alemania; el 23 salí de Madrid y el 27 llegué a Viena; inmediatamente oí ponderar las excelencias del ‘606’; pero algo escéptico en todo cuanto se refiere a novedades médicas, confieso mi delito al no haberle dado entero crédito desde el primer momento; a los dos días empecé a oír conferencias que en su clase nos dio el profesor Finger sobre esta materia, y al oírle de él una parte y saber por otra que se trataba de un producto inventado y lanzado a la luz por el doctor Ehrlich, tuve que dar crédito a sus aseveraciones, pues tienen estas dos personalidades demasiado relieve, y gozan en el mundo científico de una tan grande fama de honradez profesional, que no pueden ponerse en duda sus afirmaciones; tomé inmediatamente unos cursos con los doctores Munha y Muller, asistentes del profesor Finger, puesto que éste por la época de vacaiones se ausentaba de la capital; y a la amabilidad, que nunca agradeceré bastante, del doctor Muller (hombre de grandísimo prestigio entre los médicos vieneses), debo no sólo el haber visto durante ese tiempo más de una centena de casos, sino el haber puesto yo mismo dichas inyecciones. Sus efectos son, realmente, sorprendentes y maravillosos sobre toda ponderación; pero no hasta el extremo de pretender poder ver estas maravillas en cuatro o seis días; en la clínica hemos puesto inyecciones en enfermos de todas las edades y todos los periodos, y efectivamenteen las manifestaciones primarias y secundarias pueden verse curadas las lesiones en seis u ocho días; pero en las que el medicamento es, efectivamente maravilloso, es en las lesiones terciarias (gomas, periostitis, etc.), las que es desgraciadamente algunas veces impotente el mercurio; en éstas sólo puede verse en los primeros días una manifiesta tendencia a la mejoría, y sólo a los quince o veinte días o más es cuando realmente se ven cicatrizadas aquellas imponentes llagas, que llevaban años abiertas, resistiéndose a todos los medios. Hace falta, pues, para poder hablar con un poco de conocimiento de causa, por lo menos, un par de meses, pues en pocos días sólo puede hablarse de lesiones tan leves que el mercurio curaba perfectamente, aunque más despacio.

Es de tal modo sorprendente este medicamento y llega a tal extremo mi entusiamo, que el mismo día que mi querido compañero el médico primero Sr. Morales llegó a Viena, le llevé a la clínica donde trabajaba para que viera sus maravillas, pues al oírme hablar creyó en el primer momento lo mismo que yo, que no sería tanto como le contaba; desde esa fecha lleva mi digno compañero con su entusiasmo y amor científico peculiar, estudiando cuanto se refiere a este tratamiento.

Terminadas mis curas en Viena, y a mi paso por Berlín, el 24 de Agosto, tuve el gesto de saludar a algunos médicos españoles que se encontraban trabajando en este mismo asunto; ya se ve, pues, cómo antes de que el doctor Bandelac pensase salir de París, ya había un médico militar que estaba en Viena haciendo estos estudios; otro había acabado ya de hacerlos, cumpliendo la orden que le habían encomendado, y varios médicos más, españoles, llevaban tiempo haciendo lo mismo; esta noticia proporcionará, seguramente, una gran satisfacción al doctor Bandelac, y le recompensará de la pena que le produjo la lamentable casualidad de no ver en Francfort hasta última hora ningún médico español, cosa que tampoco tiene nada de extraño, pues los que ya conocemos aquellos países y vimos de lo que se trataba, comprendimos que, con igual resultado y más facilidades, podíamos conseguir nuestro objeto en Berlín y Viena que en Francfort, donde seguramente no hubiera podido poner poner las inyecciones que en la clínica de Finger he puesto.

Son los efectos de la medicación, como llevo dicho, verdaderamente asombrosos; es el descubrimiento de este producto un adelanto indiscutible de grandísima importancia; pero de ninguna manera puede afirmarse que se obtenga con él una cura radical, absoluta, completa; desgraciadamente, no podrá saberse esto, de ser cierto, en bastante tiempo, y como precisamente estas y otras exageraciones son las que más perjudican a aquello que se trata de encomiar, es por lo que el doctor Ehrlich, con muy buen sentido, está constantemente con sus escritos tratando de contener a aquellos entusiastas que, llevados de su admiración, hacen ver más de lo que existe; hasta hoy no ha podido comprobarse más sino que cura aquellas lesiones sifilíticas que se resisten al mercurio; pero de esto a la cura radical, completa y absoluta, hay gran diferencia; ha podido verse, igualmente, que haciendo inyecciones de espirochetes en conejos e inyectándoles después 0,45 gramos del ‘606’ por kilogramo, estos treponemas desaparecían en veinticuatro horas, y las manifestaciones sifilíticas en dos o tres días; pero de esto a saber la cantidad del ‘606’ que hace falta emplear en el hombre para que la curación sea definitiva, hay una gran distancia que los sabios se encargarán de recorrer, y que sólo podemos desear sea cuanto antes por bien de la Humanidad.

Sólo quiero hacer constar para terminar, por el Cuerpo médico español en general y por el de Sanidad Militar en especial, que, afortunadamente, marcha la Medicina en España a la altura que pudiera ir en cualquier otro país; que esto no se debe más que al afán que todos tenemos en contribuir con nuestras fuerzas a levantar el nivel científico de nuestra Patria y que esto sólo se consigue acudiendo con toda presteza a donde hubiere algo que aprender, como ha ocurrido en esta ocasión, puesto que al hacerse en Julio los primeros ensayos en los hospitales, estábamos en Viena dos militares y en Berlín varios civiles, que estamos siempre dispuestos a dar a nuestra Patria lo que es suyo: nuestras fuerzas y nuestra inteligencia.

Sixto Martín. Madrid, 20 Septiembre de 1910. El Liberal, miércoles 21 de septiembre de 1910, pp. 2-3

[Proyecto HAR2008-04023]

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