El ‘606’ en ‘La Ilustración española y americana’

La Ilustración Española y Americana llevaba como subtítulo “Periódico de ciencias, artes, literatura, industria y conocimientos útiles”. Fue fundada por Aberlardo de Carlos en 1869.  Siguió el modelo de publicaciones extranjeras como L’Ilustration, de Francia, o Illustrierte Zeitung, de Alemania. Se caracterizó por la enorme cantidad de ilustraciones ya que su objetivo era consignar de una manera gráfica y textual los acontecimientos de interés que sucedían en el mundo y hacer divulgación. Por desgracia, muchas de estas ilustraciones se venden por separado en anticuarios después de deshacer colecciones completas.

Respecto al Salvarsán o ‘606’ recojo dos artículos que se publicaron en 1910. Uno de ellos está firmado por el médico José de Eleizegui

Crónica general
No sé si se habrán ustedes enterado, aunque presumo que sí, de un descubrimiento científico que ha producido gran sensación en la clase médica y que merece, por ende, ser conocido de la clase enferma. Me refiero al novísimo medicamento del Dr. Ehrlich, que lleva el extraño nombre de 606, por corresponderle este número de orden en las sucesivas preparaciones que ha venido haciendo el sabio profesor alemán hasta dar con ésta. ¡Para que digan luego que a la tercera va la vencida! En esta clase de medicinas la vencida no se obtiene hasta la sexcentésima sexta.

¿Que cuáles son las enfermedades que está llamado a curar el 606? Pues, en primer lugar, una terrible, cuyo nombre no se atreve a consignar el cronista, porque hay enfermedades que si se publican dejan de ser secretas. Pero, además, cura otras varias, porque, según parece, el 606 es un poderosísimo matador de microbios, y, por lo tanto, cura una porción de dolencias infecciosas.

Los efectos hasta ahora obtenidos con la administración del flamante medicamento son considerables, tanto en calidad como en cantidad, pero, aunque de las estadísticas resulta una inmensa mayoría de curaciones, no han faltado casos en que el paciente se ha muerto, lo cual ha hecho exclamar a un ironista burlón: «¡Oh medicamento portentoso! ¡Hasta los que fallecen se mueren… completamente curados!»

Bromas aparte, el cronista cree cumplir un deber al llamar la atención de los enfermos (porque con los médicos no se atreve) sobre lo expuesto que es manejar este producto, el que no le conozca bien, porque hay quien se entusiasma prematuramente con las novedades y está deseando probarla. Según carta del propio autor, publicada en la Prensa extranjera, ‘son precisas una prudencia y una precaución extraordinarias para aplicar de una manera racional el 606’. Y cuando los enfermos tengan otras enfermedades, como afecciones cerebrales, arteiosclerosis y enfermedades del corazón, el 606 está ‘absolutamente contraindicado’. El profesor recomienda además para las inyecciones una ‘asepsia absoluta’.

Recuerden los lectores estas advertencias y apúntenlas los flacos de memoria, y cuando un doctor vivo de genio les vaya a aplicar el 606, sin conocer a fondo el medicamento y sobre todo el enfermo, ruéguenle encarecidamente que se lo aplique primero 606 veces al moro Muza.

La Ilustración Española y Americana, nº 35, 22 de septiembre de 1910, p. 162.

La verdad del 606
Los grandes descubrimientos científicos semejan las olas que estrella en la orilla un viento huracanado; grandes montañas de agua que rugiendo amenazan arrastrarlo todo, hasta que en las rocas de la playa se convierten en apacible capa líquida que baña la arena. Llega la noticia de un hallazgo científico con la impetuosidad y bramido de la ola encrespada; y la realidad, luego detiene sus arrestos volviéndola a la calma; sedimenta después, la purifica el tiempo, y deja en el crisol de la crítica razonada las escorias de sus exageraciones y engaños; es el agua rugiente reducida a la corriente mansa y tranquila.

El 606 llegó al mundo con todo el empuje de la montaña de agua. Era el talismán que extinguía toda avariosis que se pusiera al alcance de su acción; ya el castigado del placer sentía sus carnes remozadas, y limpia su sangre del virus destructor; ya el atáxico arrojado por el mal á la inutilidad de un incurable reposo vislumbraba el término de su torturante quietud; la familia del vesánico concibió la esperanza de que su deudo recobraría la lucidez intelectual que la  infección había extinguido; el afónico se prometía para próxima fecha emitir su voz clara y límpia como en sus tiempos de salud, y el ciego se alborozaba ante la idea de que el remedio volvería la transparencia a su fondo de ojo, opaco por el mal.

La reflexión y la calma no fueron permitidas por los vocingleros y comparsas, y hubo necesidad de dejar pasar la ola de exageración y falsedad para exponer serenamente la verdad de los hechos y puntualizar hasta dónde alcanza y en qué punto se detiene la eficacia del preparado de Ehrlich.

La historia del 606, es la historia del trabajo y constancia de un experimentador. No es la casualidad que hace brotar en el tubo de ensayo una nueva substancia que no se buscaba; no es la reacción desconocida que por azar se presenta, sino que es la resultante de veinticinco años de tanteo, de escudriño, de insistir en las complicadas fórmulas y en las meticulosas prácticas de la Química, para llegar á tener agrupaciones de moléculas que muestren en su desarrollo nuevas carácterísticas terapéuticas. Desde fecha remota el sabio alemán venía trabajando en la formación y propiedades de los compuestos arsenicales, y en sus seiscientas seis tentativas alcanzó en la última algo que respondía a la idea inicial de su investigación, logrando, una substancia de gran toxicidad para el parásito, y con el mínimum de afinidad para el organismo. Sus ayudantes Hata y Bertheim siguieron la etapa comprobatoria del preparado, que se bautizó con el nombre de ‘halol’, y a la que los químicos le asignaron uno de esos complicados términos de su nomenclatura, que traducido a romance significa que se trata de un compuesto de arsénico y benzol, bajo la forma de un polvo amarillento que requiere una preparación especial antes de ser inyectado, con minuciosidades de técnica y escrupulosidades de asepsia, engendrando diferentes métodos, basados en pequeñas modificaciones de una u otra clase.

E1 nombre de Ehrlich, sabio director del Instituto de terapéutica experimental de Francfort, pesa tanto en el mundo científico, que al patrocinar el medicamento impuso ya en todas las clínicas del mundo su tarea de comprobación práctica. Podría dudarse de la rapidez del resultado, de la persistencia en la acción curativa, de la superioridad de la misma, pero desde luego al ponderarlo Ehrlich se excluía todo temor de charlatanismo ni de engaño. Así se concibe el hecho de que ha sido el 606 la substancia más prontamente experimentada, y de la que la clínica en poco tiempo pudo dar una noticia más documentada. La clínica había ya, si bien con las reservas naturales, aceptando lo que la realidad muestra, pero no perdiendo un momento de vista lo que la patología enseña.

La clínica fija hechos y aventura juicios. Los hechos son que «el medicanento inyectado produce una reacción local con tumefacción de los tejidos, que llega a su máximo entre el segundo y cuarto día, y que luego disminuye progresivamente, desapareciendo por completo del ocho al diez. El estado general se altera del mismo modo, sí bien estas alteraciones dependen mucho del sujeto. La temperatura asciende a treinta y ocho o treinta y nueve grados, pero es pasajera y desaparece con rapidez, no habiéndose observado hasta la fecha fenómenos secundarios sobre los órganos importantes de la economía».

Los efectos terapéuticos son beneficiosos y rápidos. Es innegable. Sólo con una inyección se ve al poco tiempo, en algunos casos antes de las veinticuatro horas, desaparecer manifestaciones serias de la piel y de las mucosas, y como las lesiones de la avariosis son tangibles y manifiestas, es hasta casi maravilloso el verlas rápidamente secar y agostarse al mágico influjo de unas gotas de líquido inyectadas bajo la piel de la espalda. Pero ella, en el recto juicio de sus interpretaciones, evidenció la impotencia del remedio en aquellos enfermos de lesiones nerviosas ó viscerales, y el gran número de paralíticos, maniáticos y ciegos que deben su dolencia á la infección específica, seguirán arrastrando sus invalideces, sin que a ellos llegue la benéfica acción del preparado de Ehrlich.

Y el hecho se comprende, y por eso antes decíamos que no pueden olvidarse las enseñanzas de la patología. En estos enfermos de sistema nervioso, el mal destruyó la integridad de su aparato, mató la célula, pervirtiendo la función, y como allí no cabe reintegración ni producción nueva de elementos, la ciencia se estrella, y la terapéutica fracasa. Pero aun hay más. Es la avariosis enfermedad de ciclo lento, y que presenta grandes etapas, en que el sujeto disfruta de aparente salud. Sucédense años y años entre unas manifesta- ciones y otras, y en ese lapso el enfermo se cree completamente curado, hasta que un brote, un nuevo latigazo del mal, le demuestra que éste sigue latente en la intimidad de sus tejidos. ¿No puede suceder lo mismo con los pretendidamente curados por el 606? Una erupción que desaparece, un flemón que se resuelve, los tumores consumidos, ¿dan la garantía de que en un mañana más o menos lejano, según las resistencias individuales y la intensidad de la infección, no reverdezca el árbol maldito, quizá con más vigor en su savia y más raíces, que aprisionen y esquilmen el terreno? La lógica científica no puede excluir estas posibilidades, ni aceptar como curados a sujetos que sólo presentan una declinación, y aun sí se quiere una desaparición momentánea en la exteriorización del mal.

La ciencia puede afirmar positivamente que el remedio es de una eficacia innegable en las manifestaciones del momento, en el episodio morboso que exige la intervención técnica; pero muestra sus reservas en aceptar el fallo de curación completa que el grupo de entusiastas proclama, perjudicando así notoriamente al mismo objeto que ellos quieren elevar al pináculo de una fama universal.

La verdad del 606 es lo que apuntado queda. Un triunfo científico para Ehrlich; un remedio poderosísimo en el tratamiento de ciertas manifestaciones en algunos avariados. No puede hacerse por hoy una afirmación más. El tiempo, gran maestro de las cosas, dará su sentencia definitiva, y hasta entonces recordemos siempre que no llega más lejos aquel que más aprisa camina.

Por el Dr. José de Eleizegui. La Ilustración Española y Americana, nº 38, 15 octubre de 1910, p. 232

[Proyecto HAR2008-04023]

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