Artículo sobre Ferrán de José J. Landerer (1885)

Inserto el artículo completo que en 1885 —el año del cólera y el de la vacunación Ferrán— publicó otro científico valenciano, el geólogo y astrónomo José Joaquín Landerer Climent (1841-1922)  en La Ilustración Española y Americana del 30 de mayo de 1885, pp. 322-323. Landerer nunca cursó de forma oficial ninguna carrera. Conocedor de varios idiomas, sus trabajos se publicaron en varias revistas extranjeras. Una de sus principales obras fue Principios de Geología y Paleontología (Barcelona, Librería religiosa, 1878).

«Cuando las cien trompetas de la Fama llevan la de Ferrán a todos los ámbitos de la tierra, fuera en La Ilustración, hasta cierto punto, faltar a la misión que se impone de dar a conocer en sus columnas las celebridades contemporáneas, y delito de lesa amistad en el autor de estas líneas el no contribuir a hacer resaltar, ante el mundo selecto de sus lectores en ambos hemisferios, la figura del eminente médico tortosino.

El asunto de que se trata es ya del dominio público, merced a la prensa, que se ha encargado de divulgarlo. Ferran está tan cerca de haber encontrado el medio de resistir los embates del terrible microbio colerígeno, que bien puede decirse que de las cien partes del camino para llegar a la posesión de la verdad lleva ya andadas las noventa y nueve y nueve décimas. Tiene ya en su favor la sanción de la lógica; sólo le falta la del tiempo.

Pero sobre esto de que le falta la sanción del tiempo habría mucho que decir, porque interpretándolo en el sentido en que el vulgo de nuestro país lo hace, parecería indicar que la solución del trascendental problema dista todavía mucho de ser real. Este fenómeno de interpretacion, tan general en España, reconoce por causa la falta de instrucción científica, porque aquí, donde cada cual entiende á su manera el remedio de nuestro atraso intelectual, es consiguiente que la opinión ande siempre desorientada. Mientras unos abogan en discursos admirables por el fomento de la instrucción política, otros aseguran, en obras monumentales, que «los pueblos mueren por la lengua», y hacen converger toda la atención sobre la pureza del lenguaje; ¡como si la decadencia de las sociedades fuese un proceso filológico! Todo el mundo se anda, como suele decirse, por las ramas, y nadie para mientes en el tronco, en la necesidad de un plan de enseñanza exento de absurdideces; resultando de tal desbarajuste lo que no puede menos de suceder, que marchemos á la cola de todo progreso, y que en más de una ocasión merezcamos á la culta Europa deplorable concepto, como se colige del informe que la Academia de Ciencias de París ha dado no ha mucho, calificando benignamente de insignificantes o inútiles los procedimientos para curar el cólera, descritos en doscientas treinta y tantas cartas que, procedentes de España, le han sido dirigidas. Idéntico concepto le habremos merecido, sin duda, cuando supo que bien cortadas plumas españolas lanzaban á los cuatro vientos de la publicidad, y con insistencia digna de mejor causa, el resultado de una observación piramidal, a saber: que los microbios resistían a la acción de los ácidos enérgicos, incluso el agua regia.

Lo único que le falta a la doctrina de Ferran es corroborarse en vastas epidemias. De la que pudiera llamarse experiencia menor ha salido triunfante, o lo que es lo mismo, los resultados de la experimentación en los animales y la interpretación racional de los hechos observados en las comarcas donde la enfermedad sienta hoy sus reales, conspiran todos á robustecerla. Lo sensible del caso es que el docto observador tenga que tropezar con una nueva dificultad, pues hasta se pone en duda que la enfermedad que reina en dichas comarcas sea realmente la que intenta combatir. Parecería imposible que, aun prescindiendo del cuadro de síntomas generales, y fijándose principalmente en la marcha evolutiva del microorganismo que en ello interviene, pueda existir divergencia de apreciación en lo tocante al diagnóstico, aunque tuviera que hacerse, si fuese necesario, la parte que a la acción modificante del clima y de la estación corresponden en alguna variante de detalle, procediendo asi con la lógica impuesta por el estudio de la evolución morfológica a través de las edades todas de la fase orgánica del globo terrestre. Parecería imposible, repito, semejante discrepancia de pareceres, a no poderse atribuir en gran parte a lo poco estudiada que entre nosotros está todavía la doctrina panspermista y al escaso aprecio en que se tienen sus procedimientos de investigación y de examen. Y sin embargo, así es y así será hasta que los trabajos de Tyndall, de Pastear, de Pierre Miquel, de Duclaux, operen a expensas sólo del tiempo, ya que falla el impulso director en nuestra patria, una revolución en los espíritus, e informen el criterio de cuantos combaten las nuevas ideas. No sé quién ha dicho que “de la discusión brota la luz”, pero no debe ser verdad muy general, porque de la controversia que ahora se sustenta no brotan sino la oscuridad y las tinieblas, hasta el punto de que el público no sabe a qué atenerse.

Es de advertir que la gloria de Ferrán no consiste sólo en haber descubierto la eficacia de la vacunación colérica, o de la colerizacion, hablando con propiedad, sino en haber sido el primero que ha puesto de manifiesto todas las fases de la evolución del microbio, del baccillus virgula, descubierto por Koch. Inteligencia clara para discurrir en lo que a la ciencia se contrae, ha comprendido que lo uno era complemento necesario de lo otro, y ha querido descifrar todos los enigmas que tan compleja cuestión envuelve. No cabe duda de que lo ha conseguido totalmente, y de ello da tantas pruebas, y razones tan adecuadas y convincentes, que no hay más remedio que rendirse á la evidencia. El que estas lineas suscribe es amigo suyo, y por virtud de esa amistad, y no por propia suficiencia, comprende lo que Vale y cuánto pudiera su ánimo decaer ante las escabrosidades de investigación tan profunda, y más de una vez ha solido decirle: «Adelante, Ferran: V. ha de ser el Pasteur español, y no tendría disculpa si no continuase estos trabajos.)». Confieso que no esperaba menos, y apelo de mi aserto á su propio testimonio.

Iniciado en la severidad de experimentación que Claudio Bernard y Pasteur establecieran, encanta la técnica que ha seguido hasta llegar a fundar su doctrina, y el rigorismo con que ha procedido en los detalles más minuciosos. Las preparaciones microscópicas, los cultivos y los conejillos sometidos a múltiples pruebas, son los elementos de la órbita que recorre noche y dia nuestro infatigable microbiólogo. Las conquistas se suceden una tras otra; el terrible microbio se domestica en sus manos, y al fin llega al coronamiento de la obra, a adquirir la certidumbre de que domina el ciclo completo del temido organismo, la atenuación de su actividad patogenética y la inmunidad que, respecto de nuevas inoculaciones de cultivo, contraen los seres vivos previamente inoculados. Entonces es cuando se decide a inocularse, y él y su compañero don Inocente Pauli, que tanto ha contribuido con su perspicuidad y con sus luces a hacerle la labor menos ingrata,
Se inoculan del cólera, sufren un remedo de la enfermedad en su forma más benigna, y, por consiguiente, resisten; nuevas inoculaciones apenas les producen efecto, y queda demostrado en circulo, estrecho, es verdad, pero tangible, que el árbol de la teoría, cultivado con tanto trabajo de estudio, de tiempo y de dinero, daba sazonado fruto, el fruto práctico suspirado. Posteriormente nuevas experiencias
han venido a confirmar de una manera brillante aquel resultado.

Adquirida la seguridad de que la colerizacion es inofensiva, nada menos expuesto que generalizar su valor de innunidad con respecto a los embates del cólera formal y mortífero, como las vacunas de la viruela y de la fiebre amarilla preservan de la enfermedad. Es cuestión de paralelismo de causas y de efectos que el ojo avizor y el criterio ilustrado vislumbran en lontananza. Asi se explica que desde aquel día memorable sea inmenso el número de personas colerizadas, como que hasta la fecha se eleva ya a siete mil. Ni un solo caso desgraciado es garantía creciente de lo inofensivo del procedimiento, obteniendo á cambio y a tan poca costa todas las apetecibles de preservación. Las poblaciones del vasto llano que se extiende al Oeste de Valencia lo han comprendido tan bien, que se someten, en su mayor parte, a la vacunación, practicada en primer término por el mismo doctor Ferrán, que ha volado allá, como era natural, al solo anuncio de que el huésped del Ganges había aparecido en aquellas comarcas, en  donde hace de las suyas, si bien, para consuelo de las gentes, bajo la forma de casos sospechosos, aunque acordonables. Por lo visto, vuelve a practicarse el sistema impopular de los cordones. ¿No fuera más práctico y eficaz establecer que cada población sana se cuide de no dejar entrar nada que proceda de puntos infestados? La cuestión es gravísima bajo muchos conceptos y merece meditarse por quien corresponda.

Después de la rápida reseña que antecede, no puede menos de despertarse en el lector la curiosidad de conocer a nuestro sabio, y nada más justo que satisfacerla.

Don Jaime Ferran nació en Corbera (Tarragona), el 1 de Febrero de 1852; cursó la segunda enseñanza en los Institutos de Tortosa y Tarragona, y en la F’acultad de medicina de Barcelona hizo todos los estudios de la carrera, que terminó en Diciembre de 1873, instalándose un año después en Tortosa, en donde ha ejercido y ejerce con lucimiento su profesión, y cuenta con una clientela respetable por su número y calidad, a la que atiende con verdadero interés. Es muy amante de su familia y amigo de sus amigos, y su carácter bondadoso, desinteresado y por todo extremo complaciente, le ha granjeado muchas simpatías.

Espíritus amplios como el suyo no pueden acomodarse a la estrecha cuadrícula trazada por las atenciones fijas de su cargo, y una vez cumplidos con conciencia los deberes que éstas imponen, Ferrán aprovecha todos los momentos hábiles para dedicarse a otros estudios afines con la Medicina; y como no sólo es hombre de ciencia, sino artista, hasta encuentra tiempo para cultivar la fotografía y dominar el asunto más allá de lo imaginable, y pintar cuadros de historia y retratos al óleo de un perfecto parecido, como lo demuestra el que ha hecho del que estas líneas suscribe. Cuando se hallaba en el apogeo de sus aficiones pictóricas, me decía: «Desengáñese V.; he errado la vocación; yo nací para el arte» «No— le contesté; — V. ha nacido para la ciencia; y si no, al tiempo».Poco después se enamora de mi microscopio para el estudio de las rocas, me hace encargar a Nachet uno para estudios histológicos, y aquí comienza a entrar en relaciones con los pequeños organismos y a apoderarse de sus secretos. Para las necesidades de su técnica le he visto improvisar aparatos con los medios más rudimentarios; él mismo se ha ideado las estufas para los cultivos de microbios, y soplado los tubos y las bolas de vidrio, de que se hace tanto consumo en esta experimentación; en una palabra, es el hombre habilidoso por excelencia.

Ferrán no es rico; y como en el verano pasado se presentase ocasión de estudiar a fondo las cuestiones relativas al cólera en el Mediodía de Francia, y sus recursos habían quedado harto quebrantados por los gastos que entrañan los libros e instrumentos necesarios en estos estudios, acudió al concurso que a la sazón abria el Municipio de Barcelona, obteniendo el cargo de naturalista microbiólogo de la comision nombrada para estudiar la enfermedad en Tolón y Marsella. De este viaje regresó sin otra ganancia que la mayor instrucción, por los datos recogidos y las ideas atesoradas, ideas que han germinado lentamente durante el invierno en el laboratorio de su entendimiento y fructificado en el de su casa, produciendo, por último, los resultados que el público conoce.

JOSÉ J. LANDERER»

Jaime Ferrán (Grabado. La Ilustración española y americana, 1885)

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