Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 19

Esta vez insertamos la primera parte de un artículo que apareció en El Pueblo el día 24 de Febrero de 1909, que hace referencia a la segunda conferencia que pronunció Unamuno en Valencia:

En la Universidad
Conferencia de Unamuno

Invitado por el Ateneo Científico dio anoche una conferencia el ilustre D. Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad. Celebrose en este centro docente a causa de las deficiencias del local que ocupa el Ateneo en la calle del Mar, viéndose totalmente ocupado por un público selecto, en el que predominaban los elementos intelectuales. En la galería alta tomaron asiento muchas señoras.

Habló el cultísimo publicista durante una hora, esparciendo lo que él llamó “descosidas ideas”, sabiéndole a poco a la concurrencia el alarde de sabiduría, el caudal de ideas filosóficas que vertió con frase limpísima y correctamente castellana —nada tan puro y tan impecable como la prosodia que emplea Unamuno aun en la conversación corriente—, fustigando a los políticos, anatemizando la incultura y haciendo un llamamiento a la juventud escolar para que difunda los conocimientos científicos entre la masa popular.

Fue una oración amena, grandemente útil, de la que guardarán grato recuerdo cuantos tuvieron la fortuna de escuchar la elocuente palabra del rector de la Universidad de Salamanca.

Minutos después de las siete ocupó la presidencia el Sr. Unamuno, saludándosele con nutrida salva de aplausos. Junto al conferenciante tomó asiento el presidente del Ateneo Científico D. Tomás Jiménez Valdivieso, quien dirigió breves palabras al auditorio en elogio del Sr. Unamuno.

“Sería descortesía  —dice el Sr. Valdivieso- que cuando anheláis oír la elocuente palabra de quien nos preside, pronunciara yo un discurso. Pero serialo mayor si no tributara al Sr. Unamuno la expresión de nuestra gratitud. Porque estos viajes son siempre productivos para la ciencia, y quien como el señor Unamuno abandona su cátedra momentáneamente para que sus enseñanza repercutan en Valencia, merece nuestro aplauso y reconocimiento.

Bien es que un sabio como el rector de la Universidad salmantina se halle unos días entre nosotros para que aprecie si son exactos los juicios que fuera de aquí merece Valencia a sus detractores”.

Dedica después un elogio a Valencia, haciendo protestas de españolismo, y termina felicitándose de la presencia entre nosotros del Sr. Unamuno.

Al terminar su elocuente discurso el señor Jiménez Valdivieso es aplaudido ruidosamente.

Habla Unamuno
Se dispone a hablar el Sr. Unamuno tributándosele una ovación entusiasta y prolongada.

Imposible reproducir íntegra la luminosa conferencia de Unamuno, por su extensión, por la imposibilidad de recoger en unas notas las ideas, una en cada concepto, que el grande hombre expone, y la variedad de cuestiones que abarcan sus discursos.

“Señores: Lo primero es la cuestión de método; así, he de pediros permiso para hablar sentado. Me parece que hablo en la cátedra. (Se sienta).

Yo agradezco al presidente las palabras de cariño y afecto que me ha dedicado. Agradezco el saludo al país en que vivo; que aunque no es el mío, en Castilla me he connaturalizado y en Salamanca he creado mis afectos, lo mismo que un hijo ilustre de la histórica ciudad de, Pérez Pujol, adoptó a Valencia como su ciudad nativa.

A los que anoche estuvieron aquí y pudieron oírme he de advertirles que quisiera fuese esta conferencia una especie de continuación, en otro aspecto, pero en términos candentes.

Os hablaba de lo que es el procedimiento evolutivo en las especies, para deducir que nuestros estudios deben propender a formar la conciencia colectiva.

Decía aquí el Sr. Jiménez Valdivieso que se alegraba vinieran a estos centros de cultura, a Valencia, ciertas personas para que conocieran este pueblo, desconocido por muchos que lo juzgan con apasionamiento. Y yo lo entendía así también: es más difícil conocer a un pueblo que a los hombres”.

Valiéndose de una parábola ingeniosa cita el ejemplo de un libro de un humorista americano, y dice: “—Ha de haber tres Valencias: una como es; la que los valencianos creen que es, y la que fuera de aquí creen que es.

Yo creo que es un pueblo instintivo y poco reflexivo, achaque común en los meridionales. El instinto no siempre es primitivo, si bien muchas veces son detritus de lo que un tiempo fue racional; lo que dando su claro valor a la palabra se define por superstición.

Este instinto que lo personaliza todo y todo es pasión, no es lo más pernicioso.

Yo escribí sobre el ‘fulanismo’ que no era tan pernicioso apasionarse por los hombres como por las ideas; las ideas no tienen ningún valor si no encarnan en hombres que vivan y se agiten. A mi me han engañado las ideas más que los hombres.

Además, un hombre, de tal suerte puede encarnar una idea que el mismo Cristianismo se fundó en un hombre más que en una doctrina; en un hombre que sembró con su vida y sembró con su muerte: encarnaba una idea, pero la personalizaba él.

De aquí que muchas veces se justifique la pasión por un hombre que encarna una idea”.
. . . . . . . . . . . . .

Habla de las modalidades, del carácter de los pueblos y cita a Pizarro, que hizo en el Perú todas las barbaridades que es dable hacer en tan poco tiempo. Lo mataron, y bien muerto estaba; pero  aquel que antes de partir para América quizás estaba tumbado debajo de una encina, a la sombra de ella se hubiera tumbado, de no sobrevenirle la muerte.

Cita a Ignacio de Loyola, carácter terco, lento, verdadera personificación del carácter vasco; él es lento en su laborar, pero terco hasta que triunfa y se impone.

“Estas intermitencias son ingénitas en los pueblos artísticos.

A mí no me molesta que se diga que el África principia en los Pirineos. San Agustín, Tertuliano, San Cipriano y otros, africanos eran. Y es preferible ser africanos de primera que europeos de quinta: lo malo es que no somos ni de aquéllos…” (Rumores y risas).

Reclama la necesidad de crear una filosofía en España; la necesidad de que las gentes se preocupen del principio y del fin a donde vamos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

“Los políticos cuando ante este problema se encuentran, se han encogido de hombros, o han dicho: eso son filosofías, eso son paradojas. Bien que esos no son políticos, son mentecatos.

Y esto que os voy diciendo atañe a las ideas liberales.

No hablo aquí de los liberales encasillados, de partido: esos son liberales de bula.

Y el liberalismo acaba quizás en esta generación. He procurado escudriñar el alma y el pensamiento de cierta juventud que sólo procura casarse pescando buena dote o un acta de diputado.

Se pierde la idea liberal por falta de contenido. Lo he visto en quienes desde el misticismo se pasan al anarquismo, y luego en breve espacio de tiempo vuelven a aquél. Eso es falta de contenido en las ideas liberales.

He tratado con anarquistas de buena fe, como lo son casi todos, y a poco de hablar con ellos les he dicho: nosotros no podemos entendernos.

—Usted parte de un postulado en que afirma que el hombre nace bueno, pero la sociedad lo hace malo; otros, los místicos, dicen que el hombre nace malo, pero que se transforma en bueno por el agua del bautismo. Y yo tengo también el mío: creo que el hombre nace tonto; algunas veces deja de serlo, pero al fin resulta tonto” (Grandes aplausos).

Reconoce que en las clases populares existe un afán por adquirir enseñanzas, más que en altas.—”Y no digo en las que estudian, en los escolares, porque a éstos se les hace aborrecible el estudio; os lo digo yo que soy del oficio.

En España es cada vez mayor el deseo por instruirse en las gentes humildes, aunque no entiendan lo que dicen los libros. Conozco yo a uno que gusta de leer los libros que no entiende, cosa extraña, ¿verdad?; pues así es, porque dice que le gustan más los libros que no entiende, pues de este modo lo ininteligible lo suple con su fantasía y lo traduce a su manera: si los libros me lo dan todo hecho, ¿qué me queda que hacer al leerlos?

He aquí por qué os hablaba antes de la necesidad de crear una filosofía, un contenido, encauzando ese deseo por instruirse para crear ese contenido.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
(continuará).

El Pueblo, 24 de Febrero de 1909

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