Homenaje a Darwin de los estudiantes de medicina de Valencia (1909). Parte 17

Reproduzco a continuación el largo artículo que se publicó en el Heraldo de Madrid en contestación al que se ofrece en la entrada anterior de El Universal.

El Heraldo fue fundado en 1890 por Felipe Ducazcal y Lasheras en colaboración con el marqués de Murrieta. Se publicó entre 1890 y marzo de 1939 tras la victoria franquista. Era de ideología liberal. Durante la Segunda República defendió el republicanismo de izquierdas. No solo se leía en Madrid, sino que llegó a tener difusión por todo el país.

En la época en la que apareció el artículo que reproducimos, era el segundo periódico de más tirada de Madrid. El primero era La Correspondencia de España.

Cabecera de El Heraldo de Madrid (1890-1939)

Furias clericales
El odio irracional, insano, desaforado, de los neos a todo lo que huela a cultura, a propaganda de ideas, a trabajos de la inteligencia, no reconoce límites. Si ellos pudieran volverían a establecer en España la Santa Inquisición y se darían el placer de tostar a los liberales más significados a la mayor honra y gloria de una religión que tiene entre sus principales capitales el amor al prójimo, sin distinción de razas, nacionalidades o creencias.

Entre tanto, y ya que no les es posible encender las hogueras del Tribunal del Santo Oficio, ejercen los ruines menesteres de la delación como en los tiempos terribles del Imperio romano, como en los tiempos de Tiberio, por ejemplo. Y es la musa inspiradora de sus actos la intolerancia brutal, la feroz intransigencia, aquello a que, no un liberal descamisado, sino un conservador de la autoridad de Cánovas del Castillo, llamó con frase gráfica la Inquisición modernizada.

Por eso, en las regiones de España donde dominan y triunfan casi como amos, en las provincias vascongadas y en Navarra, se hace difícil, muy difícil, la vida, y necsitan los liberales tener vocación de héroes o de mártires. Además, con su política de intolerancias y de persecuciones ahuyentan a los extranjeros. Nos lo decía poco ha un hombre de temperamentos templados, aunque liberal, católico a machamartillo, título de Castilla y natural de una ciudad insigne, en que se hermanan los amores más entusiastas a la patria y a la fe religiosa. Este nuestro amigo nos contaba -él suele pasar largas temporadas del año en San Sebastián- que al ver cómo los extranjeros, y singularmente los ingleses, favorecen más a Biarritz que a la capital de Guipuzcoa, les preguntó por qué esa preferencia, dado lo hermoso, lo cómodo, lo más económico del vivir en San Sebastián. Y los ingleses contestaron que irían en mayor número a San Sebastián y gozarían de sus bellezas si no se encontraran con obstáculos naciods de fanatismos religiosos.

Y si eso es una ciudad capital de una provincia, residencia oficial de la corte durante el verano, en comunicación con el mundo por su vecindad con la República francesa, calcúlese lo que será en los pueblos de la Montaña o en los puertos de la costa cantábrica, donde, naturalmente, no existe defensa alguna contra la curia clerical, donde es cosa normal y diaria que los predicadores suban a los púlpitos y truenen contra el liberalismo y contra los liberales, cubriendo de injurias las ideas y de calumnias a los hombres honrados que las profesan.

¿Pero a qué recurrir a esos ejemplos de ardor fanático insano y delirante? En Madrid, en la capital de la nación, aquí donde la tolerancia es la más preciada y la más habitual de las virtudes sociales excepto cuando se trata de ultramontanos, encontramos también, y los encontramos para nuestro bochorno, casos agudos, casos fulminantes, de odio a la cultura, a los trabajos de la Ciencia. Hoy, en un periódico de escasa circulación, claro es, pero que nosotros leemos por deberes inexcusables del oficio, en el diario rabiosamente clerical ‘El Universo’, hemos tenido la desagradable sorpresa de tropezar con un artículo o cosa así que se titula ‘Una Universidad prostituida’.

Esa Universidad es la de Valencia. Y se preguntará el lector: ¿Por qué está prostituida la Universidad de Valencia? ¿Qué ha pasado allí para semejante calificativo, tan fuerte, tan desproporcionado, tan fuera de tono? Pues ha ocurrido que un catedrático que es rector de la Universidad de Salamanca, a ido a Valencia a enaltecer la memoria de Darwin, asociándose con su palabra docta y elocuente al hermoso movimiento de la juventud escolar, que celebra a una de las lumbreras del pensamiento universal, al autor inmortal del ‘Origen de las especies’.

Darwin fue eso: uno de los hombres más sabios y más santos de la Humanidad, porque con su genio iluminó la historia de la Creación, la agrandó, entonando himno sublime a Dios, en el cual creía y al cual adoraba. Y la prueba de que ningún hombre creyente pudo jamás sentirse ofendido con las concepciones grandiosas de Darwin es que la Iglesia católica, por la voz y ógano de sus escritores más eminentes, de sus prelados más doctos y virtuosos, ha enseñando siempre que la doctrina darwiniana de la evolución no pugnaba con la esencia de la Biblia, sino antes bien la justificaba y la ensanchaba. Unicamente los neos ignorantes y zafios que se estilan por acá, esos que no pueden llamarse correligionarios de un P. Secchi, de un P. Guetry, de un monseñor Mercier (rector de la Universidad Católica de Lovaina), pueden blasfemar contra Darwin.

El gran Unamuno, el insigne Unamuno ha hecho una obra buena y loable yendo a la Universidad de Valencia a realizar la empresa santa de difundir su inmensa cultura, su ciencia varia, despertando en los cerebros de los jóvenes estudiantes mundos de pensamientos. Odiar a Unamuno, pedir para él correcciones disciplinarias, denunciarle al ministro como si el profesor eminente se extralimitase en sus funciones de adoctrinador de la juventud; quererle privar de los derechos que tiene todo ciudadano en un pueblo libre, es una hazaña propia de neos rabiosos, de ignorantes fanático.

Nosotros los liberales, nosotros los réprobos, hemos puesto siempre sobre nuestra cabeza la ciencia admirable y admirada de un Marcelino Menéndez y Pelayo, y jamás se nos ocurrió ultrajarle ni siquiera en el tiempo, ya remoto, en que publicara ‘La historia de los heterodoxos españoles’, libro en el que se trataba con poca piedad y hasta con violencia a muchos que para nosotros y para España entera eran o son maestros incomparables de verdad. La tolerancia nos mandaba y nos manda mirar a Menéndez y Pelayo una de las glorias más puras y más altas del intelecto español, sin parar mientes en que nos separaban de él abismos de opiniones.

Pediríamos igual respeto a los neos para Unamuno si no fuera perder el tiempo requerir de semejantes gentes la práctica de las virtudes cristianas. De las virtudes cristianas, porque están reñidas con ellas ese insano furor, ese odio propio de caníbales con que los fanáticos ultramontanos persiguen al sapientísimo rector de la Universidad de Salamanca y a cuántos no participan de sus supersticiones o de sus prejuicios. La diferencia de creencias o de criterios científicos no autoriza nunca a tamaño desbordamiento de las furias clericales. Ese no ha sido jamás el modo de pensar de los más ilustres padres de la Iglesia, de un fray Ceferino González, por ejemplo, que tenía a honor discutir, tratar, respetar a los librepensadores más declarados.

¡Y luego se dirá que no hay problema político-religioso en España! ¡Y luego se intentará negar la existencia del clericalismo en España, que tiene las brutales expresiones de la Universidad prostituida de El Universo! Sólo niegan la evidencia, sólo intentan hacernos creer que es una invención de nuestra fantasía el mal clericalismo, el peligro negro, que todo lo invade, los bobos que viven en el Limbo o los pillos que ponen a precio sus interesados alardes, intentando demostrar lo indemostrable.

El clericalismo existe, el clericalismo es la lepra de la sociedad española, el clericalismo nos envilece y nos deprime, por culpa de un Estado que, bajo los hombres que mandan, a todo se atreve, incluso a pedir castigos para los profesores, como Unamuno, que honran la ciencia española.

‘El Heraldo de Madrid’, 25 de Febrero de 1909

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